Cuándo botar el chicle


Claramente, hay que saber cuándo botar el chicle para evitar un desastre.

Claramente, hay que saber cuándo botar el chicle para evitar un desastre.

Mi mamá me enseñó a pelear como comiendo chicle: uno mastica bien, le saca todo el sabor y lo bota para siempre. Una vez se escupe, ya está, no se vale meterlo a la boca después.
A veces es difícil saber cuándo vale la pena desenvolver el chicle. Mi abuelo Miguel, filósofo-veterinario, decía que las peleas ideales se dan cuando se cumplen tres requisitos: 1) que sea una pelea en igualdad de circunstancias; 2) que sea una pelea que uno tiene probabilidades reales de ganar; y 3)que el ganar la pelea le mejore significativamente la vida a alguien. Así las cosas, una batalla gramatical contra un aviso en la calle no vale, como tampoco un ronda de boxeo moral contra el noticiero ni hijuepu-jitsu contra un policía de tránsito porque ninguna de las tres cumple con los requisitos. En esos casos, el dilema se resuelve solito.
Lo que no he aprendido muy bien es que no tengo que comer de cuanto chicle me ofrecen, es decir, no tengo que aceptar todas las invitaciones a pelear que se me presentan, y esto me cuesta un poco. Me cuesta quedarme callada cuando sé que tengo la razón. He ido aprendiendo, no soy del todo un caso perdido, y por ejemplo ya no corrijo a nadie salvo que me pregunten, no ando por ahí buscando avisos con mala ortografía ni se me marca la vena en la frente cuando oigo hablar a los narradores deportivos. No me duele la retina ver “sector automotriz” en el periódico ni suspiro cuando alguien dice “coptel”. Respiro hondo, miro por la ventana, susurro mi mantra “no es mi pelea, no es mi pelea” y sigo con mi vida.
Pero cuando sí es mi pelea, o mejor dicho, cuando alguien está cazando pelea conmigo, me cuesta más ser zen.
Me cuesta seguir con mi camino cuando alguien se sale del suyo para criticar el colegio o el corte de pelo o las preferencias gastronómicas de mi hijo. Me resulta difícil no mirar atrás cuando sé que a mis espaldas están hablando sobre mis creencias y mis valores. Me resulta casi imposible pasar de largo cuando cuestionan mis lealtades o mis intenciones.
En otros casos, sin embargo, me toca portarme como una niña grande y dejar pasar la bandeja de chicle, aunque me babee de las ganas de darle un mordisco porque la verdad es que lo que más me cuesta de todo es botar el chicle a medio morder, empezar una pelea, terminarla antes de haber dicho todo lo que quería y quedarme con las ganas de probar la última palabra.
Pero a veces la última palabra es un banquete demasiado costoso y termino tragándome el orgullo que no sabe para nada bien pero puede ser menos tóxico que las palabras dichas con la nefasta combinación de rabia y razón.

Chicle escupido.

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