Burbujas de acero


Imagen de Getty Images

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Todos vivimos en una burbuja. Sólo nos llegan noticias sobre temas que nos interesan, leemos únicamente a los columnistas que opinan como nosotros, vemos nada más que los programas de televisión que sabemos de antemano que nos van a gustar gracias a las sugerencias de Netflix y Google nos ayuda a que los resultados de nuestras búsquedas sean las que más se acerquen a nuestra personalidad. Incluso la publicidad que veo en mi navegador está pensada para ser de mi interés. Y si no funcionan los algoritmos, tenemos la capacidad de enmudecer, achicar, ignorar y apagar todo lo que nos choca.
Este mundo hecho a la medida tiene sus ventajas pero todas ellas sumadas no contrarrestan a su mayor desventaja: no hay confrontación. Cuando todo está mandado a hacer, nada nos talla. Nada nos obliga a tener en cuenta que hay alguien que piensa algo diferente ni que hay grupos que defienden a gritos lo que yo critico a viva voz ni nos lleva a reflexionar sobre nuestras posiciones, porque cuando uno ve por todas partes lo que uno quiere ver es muy fácil pensar que todo el mundo es así.
Se hace más fácil aún cuando la diferencia se edita. O se expulsa. O se mata. Y esa forma de tratar a la diferencia me asusta, y al mismo tiempo, me hace agradecer mucho más este espacio y los editores que me han permitido decir en él lo que se me ha antojado. No sufrí el mismo destino de mi colega Yohir Akerman, pero nuestras posiciones eran similares. Tal vez su columna fue un paso más allá que la mía, o quizás El Colombiano es menos abierto que La Tarde y Pereira más tolerante que Medellín (también es posible que a mí me lean poco y mi impacto sea menor por lo que se considere que el mal que pueda causar con mi opinión es ínfimo). El caso es que hoy, sobre todo, aprecio y tomo muy en serio aquello de opinar en público porque entiendo que hacerlo trae consecuencias para los opinadores, pero no hacerlo genera problemas mucho más graves para la sociedad.
Es importante leer, oír y hablar con quienes piensan distinto. Es imperativo reconocer que hay otras ideologías, creencias y estilos de vida. Es incluso sano no estar de acuerdo con ellas. Pero para estar en desacuerdo con la diferencia hay que reconocer que existe, y silenciar las voces del desacuerdo hace que el mundo entero se quede sordo.

Si quedó con antojo de más, intente: 

Super(gay) man y las Nuevas ligas de la justicia

En defensa de la incomodidad

Venga opine, deje la timidez...

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