En defensa de la incomodidad


El ave transgénero de Nueva Zelanda

Estuve esta semana en una charla sobre la libertad de expresión, el humor, la tolerancia y el otro, a raíz del ataque a Charlie Hebdo. Allí se habló mucho sobre los límites de la opinión, si deberían existir y si debería ser la sociedad o el estado quien los señale. Todos parecíamos intuir que en algún lado debería haber un punto medio entre el derecho a decir lo que pienso y el deber de respetar al otro, pero es fácil encontrarlo. Por mi parte, creo que ese punto medio yace en la línea entre la incomodidad y la ofensa. Incomodar, me parece, puede ser productivo. A veces hay que tener conversaciones incómodas con el fin de lograr avances en temas delicados, pero insisto en que incomodidad sale más barata que la intolerancia.
Fíjense, por ejemplo, lo importante que hubiera sido tener una conversación incómoda con quienes desde la Universidad de La Sabana emitieron su opinión acerca de la homosexualidad. Tal vez les habría molestado que les preguntaran sobre sus métodos y fuentes, sobre sus prejuicios, creencias, patrocinios y devociones. Incómodo, y mucho, habría sido preguntarles exactamente cuántos amigos homosexuales tienen, si conocen de primera mano a alguna pareja homosexual o si alguna vez tuvieron experiencias o incluso deseos homoeróticos. Claro, nadie quiere hacer esas preguntas. Y casi nadie quiere conocer las respuestas por embarazosas, pero más embarazoso sería afirmar que los homosexuales tienen problemas y son enfermos por ser homosexuales, cuando es igualmente plausible que tengan problemas porque hay personas problemáticas que insisten en decirles que son enfermos.
Y hablando de enfermedad, yo quisiera que me aclararan de dónde sale el concepto de lo normal y lo natural que usan estos científicos, pues afirman que los homosexuales no lo son y, sin embargo, las relaciones entre individuos del mismo sexo se han observado en cientos de especies animales. La pareja de pingüinos homosexuales que adoptó un huevo en el Central Park Zoo de Nueva York es uno de los casos más famosos, pero hay miles. Incluso en Nueva Zelanda hay un ave (anthornis melanura) transexual. Y cualquiera que haya tenido un French Poodle sabe el tema de género es bastante fluido en los caninos. Así que va la pregunta incómoda que todos deberíamos hacernos: si el comportamiento homosexual se encuentra enlas selvas, las praderas, los potreros, los mares y en dondequiera que haya animales, pero el comportamiento homofóbico sólo se encuentra donde hay (cierta clase de) humanos, ¿quiénes van contra lo natural y lo normal? Pero, claro, el informe del Departamento de Bioética (que tiene poco de Bio y no sé cuánto de ética) no aclara. En cambio, afirma que los estudios que revisaron no han sido concluyentes porque carecen de rigor científico para luego sacar de esos mismos estudios las bases para sus conclusiones. Eso es como hacer un cocido con carne podrida: no importa cuántos aliños se le echen, la sustancia apesta y el resultado nos va a enfermar.

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Un comentario en “En defensa de la incomodidad

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