La Leyenda de Faryd Camilo Mondragón


Hay muchas razones por las cuales José Pekerman decidió poner en la cancha a Faryd Mondragón. Tal vez fue para humillar al equipo de Japón, para demostrarles exactamente qué tan seguros estaban del triunfo inminente; quizás fue porque quería que el récord del jugador más viejo en una Copa Mundial estuviera asociada a él; incluso pudo ser por respeto o por cariño. Da igual. Al hacerlo, el argentino le dio al arquero, a la selección, al país y tal vez al mundo un gran regalo.
Reconozco sin rastro de vergüenza que se me encharcaron los ojos cuando vi a Faryd ocupar su lugar en el arco. Sonreí y entendí lo conmovedor que puede ser el deporte (sí, estar casada con Jorge me ha afectado) pero sobre todo entendí que estaba presenciando un momento importante porque el acto de Pekerman, compasivo y rebelde, nos da a todos un poquito de esperanza en este mundo en el que se cree que lo que uno iba a hacer si no lo ha hecho a los 20 ya no lo hizo.
Estamos rodeados de millonarios precoces. Mi generación sobre todo ha visto surgir a los niños genio del .com, a los imberbes creadores de Facebook, Yahoo y Napster, el kínder de ganadores de los Grammy y los párvulos de los Oscar. Tal vez por eso me haya conmovido tanto ver a Faryd, de 43 años, salir y, en nombre de todos los de la Generación de la Guayaba, jugar con el corazón de un niño el deporte que tanto ama.
Creo que todos los que tenemos la suerte de saber qué nos encanta hacer y poder hacerlo nos mantenemos jóvenes porque entendemos que la vejez asusta solo cuando se siente que se ha desperdiciado la vida, cuando se ha dilapidado el tiempo, malgastado la salud o derrochado el talento (o peor, dejado podrir por culpa del miedo mohoso).
Por eso, cuando vi a Faryd pensé en el poema de Robert Browning que empieza con “Ven, envejece conmigo que lo mejor está por llegar”. Es cierto que muchos triunfan aún sin estrenar el Centrum (algunos aún a punta de Emulsión de Scott) pero también hay quienes han brindado con Ensure sus mayores logros. Leonid Hurwivz le llegó el Nobel a los 90, a Clint Eastwood le llegó el Oscar a los 74 y Pinetop Perkins se ganó un Grammy a los 97, y a todos se los llevan Grandma Moses que empezó su carrera como pintora a los 76 y Olive Riley, quien empezó a bloguear a los 107 años de edad.
Por eso ahora tengo a Faryd entre mi constelación personal de estrellas y espero que tape un penalti en lo que resta del mundial para poderse coronar como astro mundialista. Pero si no, no importa: para mi ya es leyenda, y la diferencia es que las estrellas viven para siempre pero las leyendas nunca mueren.
 
*Esta  columna fue publicada el domingo 29 de junio del 2014 en el diario La Tarde bajo el nombre de Confieso que he leído Rabbi Ben Ezra de Robert Browining*

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