Descartología aplicada


El esposo de Delia Ephron dice que ella padece de un síndrome que traduciré como Descartia: la maña de descartar algo que se está comiendo después de unos mordiscos si no se enamora de su sabor. Creo que padezco lo mismo y al parecer el síndrome se está volviendo más fuerte y ha afectado mis redes sociales.
Verán, desde hace rato que noto que hay “amigos” en mi Facebook con los que realmente no tengo contacto alguno. He caído en la trampa de tener contactos como las viejitas tienen botones, porque es reconfortante tenerlos ahí por si acaso algún día los necesito. A veces, como la viejita que abre el cajón para contemplar su creciente colección, yo doy vuelta por mi página y busco rasgos conocidos en caras a duras penas reconocibles e intento recordar qué me une a este hipervínculo. Porque en eso se han convertido algunos nombres, en poco más que algo en qué hacer clic. Agradezco, eso sí, que las redes sociales me hayan devuelto personas y relaciones que creía perdidas para siempre, pero la gran mayoría de las interacciones se han convertido en gente que probablemente no me saludaría si me viera en la calle pero me invita con insistencia a jugar Candy Crush.
Permítanme aclarar algo: no quiero jugar Candy Crush. Tampoco me interesa Criminal Case, Diamond Dash, Monster Legends ni sus semejantes. Si quieren jugar conmigo, pongámonos de acuerdo y jugamos tute, lulo, banca rusa, ternas y escaleras, parqués, dominó, rummy, Uno y hasta cucharas. Yo doy para la parva y hasta llevo el naipe. Pero esta bobada de tener redes sociales para coleccionar destinatarios para avanzar de nivel en los juegos me parece una pérdida de tiempo y un abuso de la relación que alguna vez nos unió. Por eso, he decidido hacer una limpieza de mis redes con la misma disciplina y filosofía con que anualmente purgo mi clóset:
Si hace más de seis meses no tenemos contacto humano alguno, chau.
Si ha pasado de moda (su mentalidad retrógrada y cerrada), ni más.
Si me daría pena que me vieran en la calle con eso (o esa o ese), hasta aquí llegamos.
Si siento que me está quitando tiempo, espacio o paz mental, bye bye.
Si creo que atrae polillas, humedad, pulgas (trolls, peleas, malas vibraciones, malos comentarios o en general, cosas feas), mejor partamos camino.
Si no me acuerdo cómo ni por qué lo adquirí, suerte.
Si ya no me gusta, ya no me sirve o nunca me gustó ni me sirvió pero lo tenía porque era una herencia o me lo embutieron, adiós.
Quiero aclarar que no necesito más que un “like” ocasional para considerar pertinente una relación. No tenemos que hacernos trencitas y ni tener peleas de almohadas en ropa interior para que seamos amigos. Basta con que nos respetemos para que no me de un ataque de descartia.

 

*Esta columna fue publicada el domingo 6 de julio de 2014 en el diario La Tarde con el nombre Confieso que he leído No puedes tenerlo todo de Delia Ephron*

3 comentarios en “Descartología aplicada

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