De abejas, mitos y pesares


La miel, dulce, deliciosa y mágica.

La miel, dulce, deliciosa y mágica que me dejaron las abejas.

Marc Twain dice que las abejas son humanas. La crueldad con la que tratan a los improductivos, la manera como desechan los zánganos, la despiadada reclusión de la reina en una oscuridad sin fin rodeada de adoratrices maquinadoras que termina con el espectáculo de su enfrentamiento a aguijonazos con su propia hija son, según Twain, razones suficientes para afirmar que las abejas son tan tontas y sus vidas regidas por tanta politiquería que sólo humanas pueden ser.
No sé si le crea del todo a Twain pero sí sé que las abejas tienen algo mágico.
He amado las abejas toda mi vida, desde que mi mamá que contaba la historia de la abeja y el Rey Salomón. Hasta he llegado a pensar que mi don de la palabra se la debo a una abeja que se posó en mis labios de bebé pues decían los griegos que así les llega su don a los poetas. Los griegos, además, creían que a la miel se debía el poder adivinatorio de la Triada de ninfas aladas (Melania, Kleodora y Daphnis) que vivían en el Monte Parnaso y recibieron a Apolo, y a quienes Rhea les entregó a Zeus para que lo alimentaran con el líquido sagrado.
Los egipcios, por su parte, tenían símbolos de abejas en los pilares de Karnak, el obelisco de Luxor y en Tanis, y en el templo de Dendera hay una inscripción que cuenta cómo Osiris emula a las abejas en el templo y da instrucciones para conocer el jardín secreto de las abejas en el otro mundo; los celtas creían que las abejas llevaban y traían mensajes entre los mundos; los babilonios y los persas embalsamaban a los nobles en miel y el ángel que vino a casar a José el hijo de Jacob pidió un panal de miel.
Incluso el nombre de uno de mis personajes preferidos de Harry Potter, el Profesor Dumbledore, debe su nombre a una antigua palabra que significa abeja.

Pese a tanto amor, esta semana tuve que despedirme de las que habían escogido vivir cerca de mi. Temas de vecinos, preocupaciones, ignorancias y temores humanos me obligaron a darlas en adopción. Busqué un hombre apifílico que se las llevó a vivir en su finca. Las removió del palacio de once panales que habían construido en la caja eléctrica de la casa con sumo cuidado y rescató a Su Majestad de la oscuridad twainiana junto con la mayor cantidad posible de sus hijitas. Me dejó, eso sí, la miel pero la miel no llena el vacío dejado por mis amigas zumbantes.
Por eso he dejado instrucciones de que me entierren como se describe en La Vida Secreta de las abejas, con un panal en mi tumba para que la miel me bañe. Tal vez reviva como Glauco, el hijo de Minos, pero por si acaso hagamos como en Appalachia y díganles a las abejas que he muerto para que cuiden mi alma y me susurren durante toda la eternidad.

Uno de los once majestuosos panales, cuidadosamente extraído.

Uno de los once majestuosos panales, cuidadosamente extraído.

 

*Este escrito apareció publicado en el diario La Tarde  bajo el nombre Confieso que he leído La Abeja de Marc Twain el domingo 27 de abril de 2014. 

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