La religión no es lo mismo que la fe


Cuando me acomodé frente al televisor para ver la película que tanto me había recomendado Jorge pensé que vería algún drama griego con las sandalias y los vestidos de hombro destapado de rigor, pero este filme es sobre feminismo, ciencia, fe, religión, amor, pasión, celos y astronomía. Se las recomendaría para estas vacaciones pero no es apropiada para Semana Santa. Salvo, por supuesto, que sean ateos.
Y, valga la aclaración, yo lo soy.
Créanme, lo pienso antes de escribirlo en esta columna, en un diario que circula en la ciudad en donde aún viven mis padres y hermanas, quienes sin duda recibirán miradas acusatorias -cuando no reclamos frenteros- de por qué permitieron que me desviara, pero en este camino que  he emprendido sobre la honestidad y la vulnerabilidad he decidido no ocultar esta parte de mi, y filmes como Agora me hacen asirme a mi fe con más fuerza. Sí, dije fe, porque los ateos tenemos fe: tenemos fe que dios no existe, al menos no el me enseñaron en clase de Religión.
No sé a ustedes pero a mí me enseñaron que el dios en el que Hay Que Creer es uno sólo, es masculino, es todopoderoso y decide sin rima ni razón permitir que unos sufran mientras salva a otros y que nadie tiene por qué cuestionar su sistema de salvación/condenación. Ese es el dios que permite el cáncer y los tsunamis y el holocausto y me cuesta mucho creer que puede evitar pero escoge permitir el dolor de unos para enseñarnos una lección a los demás.
Algunos amigos me han intentado actualizar en cuanto al concepto de dios, decirme que vivir con su presencia hace más llevaderas las penas, pero esto tampoco tiene sentido. Si lo más que dios tiene para ofrecer es resistencia y aguante su aporte es, a lo sumo, comparable con la meditación.
Cuando digo que creo que existe Algo pero no creo que sea Eso, me dicen arrogante. En realidad es bastante humilde decir ‘no sé’. Porque eso hacemos los ateos, decimos que no sabemos cómo se creó el universo, qué pasa cuando morimos ni de dónde salió esa mariposa y hemos aceptado que tal vez nunca sepamos. Eso es todo menos arrogante.
Por eso, con humildad atea, veo Agora y lloro la muerte de Hipatia y con ella la muerte de la igualdad intelectual y el surgimiento de un régimen misógino de crueldad e ignorancia cuyas consecuencias nos atocigan aún hoy, y todos los días.
En esta Semana Santa muchos preferirán ver películas que reafirmen su noción de que hay Una Sola Cosa en la que se Debe Creer. A ellos les recuerdo las palabras de Bertrand Russel (también ateo): “cuando se sorprenda enfureciéndose por una diferencia de opinión, póngase en guardia; probablemente encontrará, al investigar, que su convicción está yendo más allá de lo que permite la evidencia.
Lo mismo digo de la Fe.
* Esta columna apareció originalmente en el diario La Tarde con el título Confieso que he visto Ágora  de Alejandro Amenábar el domingo 13 de abril de 2014.

Venga opine, deje la timidez...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s