Confieso que he leído…


El Viaje (The Journey) de Mary Oliver

De niña fui poeta. No sé si mis poemas eran buenos o malos. En este punto, ni siquiera sé si se puede decir que un poema es bueno o malo. Lo que sí sé es que escribir me ayudó a definirme, a no sentirme sola, a desahogarme, a comunicarme y en cierto modo me dio un asidero cuando me cansaba de nadar contracorriente. Quienes me recuerdan de niña me recuerdan siempre con un cuaderno y un lapicero en la mano. Siempre estaba escribiendo. La escritura era mi refugio y mi amparo.
Y luego, crecí. Decidí que la poesía era esencialmente para adolescentes torturados o adultos que creían serlo y la abandoné. Mis historias, mis ideas, mis cuadernos, todos se fueron a la basura. Me formé y me escondí en la academia y me convencí a mí misma de que era lo mejor para todos porque qué pereza otra artista muerta de hambre (y, para colmo de males, muerta de hambre y gorda) y mejor ser algo socialmente respetable como periodista y profesora.
Eso funcionó, más o menos, durante muchos años. Pero hace un rato, esta ruana de lógica infalible y pragmatismo con la que me tapé se empezó a deshilar y por los rotos empecé a ver que mi vida no era lo que quería, que mis escritos no reflejaban mi corazón. Bueno, no todos. Y, como el corazón delatora en aquél cuento de Edgar Allan Poe, los sueños que había enterrado debajo de las tablas de la casa no me dejaban dormir. Noches de insomnio, ataques de llanto, conversaciones incómodas y varios libros de autoayuda después comprendí que la única manera de salir de esta crisis era vivirla, sentirla y si se podía, gozarla.
Y entonces me llegó el poema The Journey de Mary Oliver. En él se describe el momento en el que uno al fin emprende un viaje, a pesar de las voces que dicen que no te vayas, a pesar del temor y de la oscuridad y cómo con cada paso se va volviendo más clara la única voz que uno debe escuchar: la propia.
Ese poema me conmovió hasta las lágrimas. Yo supe que, como en el poema, ya era tarde. No demasiado tarde, pero lo suficientemente tarde como para que me afanara para dar los primeros pasos pronto pues de lo contrario nunca emprendería el viaje.
Todos tenemos un viaje por emprender. El mío significó renunciar a varios puestos, declinar invitaciones, sobrellevar desde insultos hasta consejos irritantemente bienintencionados y cortar relaciones con personas, actitudes, comidas, dietas, ideas y teorías que me estaban haciendo daño. Y aprender a escuchar la vocecita que desde niña estaba ignorando.
No ha sido fácil. Dirán algunos que la presbicia y la crisis de los 40 me llegaron temprano, pero ahí está, el cambio que advertí hace rato ya cuajó y ahora quiero compartir este viaje que he emprendido por oírme y hacerme oír de la mano de las letras, que han sido mis amigas desde que éramos nada más que ruido y manchas.

Esta columna fue publicada el domingo 9 de febrero de 2014 en el diario La Tarde. 

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