Espirales y espantos


ALF magnets

Sólo en los ochenta veríamos esto como un ideal estético. 

 

Sonó el teléfono. Era mi hermana, Lina.

 

-Te tengo una noticia horrible- me dijo.

 

ALF: The Animated Series

ALF: The Animated Series (Photo credit: Wikipedia)

 

-¿Qué pasó?- respondí, temiendo lo peor.

 

-El copete Alf…¡ha vuelto!- sollozó.

 

-¡Noooooooo!- grité, y colgué el teléfono con la mano temblorosa.

 

No puede ser. Ha vuelto el copete Alf, esa cosa monstruosa que retoñaba de las frentes de las mujeres en los años ochenta.  Lo peor de todo es que aunque se esparció como un virus no era una formación patógena. No, no, era algo que se hacía a propósito. Eso no, además era complicadísimo de hacer. Todavía me da escalofríos recordar la técnica involucrada, que entre otras cosas requería de maicena y laca Kleer Lac que era morada y venía en un tarrito plástico que se estripaba y sonaba fichiuuuu fichiuuuuuu y olía a viejita pero tenía la capacidad de sujeción del cemento. Había peinillas especiales con dentadura tipo piraña que se usaban para enredar el pelo y además había que enredar el copete manualmente varias veces al día porque si no perdía altura (oh, horror) y eso condujo a una especie de tic que hacía que las mujeres llevaran sus manos a la frente y realizaran movimientos circulares –como masajeando el pelo- varias veces durante la conversación promedio. Esto combinado con mascar chicle, tener la piel bronceada al punto de parecer un chicharrón y usar crema de limón en los labios definió la estética adolescente femenina de mi temprana adolescencia.

 

Sobra decir que nunca pude tener un copete Alf (además era alérgica a la crema de limón y mi piel no broncea lo que me llevó al ostracismo social pre pubescente). La genética, la falta de habilidad manual y las estrictas reglas sobre el uso de sustancias químicas controladas en la casa impidieron que yo pudiera lucir los kilométricos enredos de las niñas cool. Apenas lograba un triste nidito de colibrí mientras otras andaban con rascacielos peludos. ¡Cómo envidiaba esas melenas resecas y apilables de las niñas con pelo semiondulado! Mis hermanas y yo, de melenas lisas y abundantes, lo intentamos todo. Nos hacíamos trenzas tan apretadas que nos salían lágrimas y nos echábamos una pócima de cerveza y jugo de piña pero ni así. Mi fracaso capilar condujo a que decidiera raparme la cabeza aprovechando la efímera moda de Sinead O’Connor y Roxette.

 

Y ahora, ha vuelto. Es un ciclo más del espiral de la historia, pero tanto espiral ya me tiene mareada. Afortunadamente ya soy mamá y nadie espera que está a la moda, mucho menos viviendo en la vereda. Pero hay fuerzas demasiado poderosas y el copete Alf ejerce sobre mí un hechizo irresistible. Por eso sé que si veo un R12 pasar lleno de adolescentes y desde las ventanas abiertas oigo una canción de Los Toreros Muertos me voy a llevar la mano a la frente y voy a llegar a la casa con las canas enredadas y va a parecer como si se me hubiera pegado un nido de canarios albinos en la frente pecosa.

 

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