Alcahuetería literaria


De niña,  mi mamá nos tenía medida la televisión, bastante controlada el azúcar y más que prohibida la coca-cola, pero libro que pidiéramos nos lo compraba. Y mi papá jamás nos puso trabas para esculcar su biblioteca, de tal suerte que mis hermanas y yo tuvimos acceso irrestricto a cientos de libros desde muy temprana edad.

Para mi sorpresa, hay quienes piensan que obró mal.

Verán, esta semana se celebra la Semana de los Libros Prohibidos en Estados Unidos.  Ahora, uno pensaría, o bueno, yo pensé que eso de prohibir libros había pasado de moda por allá en 1966 cuando el Papa Pablo VI eliminó el Índice de Libros Prohibidos pero resulta que cientos de libros son prohibidos aún. La prohibición ya no proviene el Vaticano sino de grupos y asociaciones, algunos religiosos y otros no, que acuden a diferentes organismos para evitar que las bibliotecas públicas y escolares eliminen o se rehúsen a prestar ciertos libros, y lo hacen por razones de lo más diversas. Por ejemplo, el libro A light in the Attic (Una luz en el ático) una hermosa colección de poemas infantiles de rima impredecible llenas de palabras inventadas y situaciones absurdas de Shell Silverstein, fue prohibido porque en un poema habla de un niño que deja caer un plato para que no le toque lavar más los platos y pueda salir a jugar. Según algunas personas del colegio Cunningham Elementary en Beloit, Wisconsin, esto significaba que el libro era una mala influencia para los chiquitos. El libro La telaraña de Charlotte de E.B White también fue prohibdo, esta vez en Kansas, porque la historia de la arañita que usa su telaraña para enviar mensajes a los humanos y así salvar la vida de un cerdito les parecía blasfema. Y no estamos hablando de algo que ocurriera hace mucho; el primer incidente ocurrió en 1985 y el segundo en el 2006. Los libros más prohibidos en la última década incluyen la serie de Harry Potter y libros escritos por autores tan celebrados como Harper Lee, Maya Angelou y Judy Blume.

Una revisión de estas listas me dejó boquiabierta porque yo me he leído muchos de ellos, y los leí porque mi mamá me los compró, y me los compró porque ella creía que yo podía decidir qué incorporar de lo que leía y que no. Con cada libro me decía –Si tienes alguna duda, dime.

Y lo hice. Muchas veces la puse en una situación incómoda (como la vez que le pregunté delante de mis abuelos y mis tíos qué era un orgasmo) pero me contestó con la verdad y aprendí que mi mamá confiaba en mí y que yo podía confiar en mi mamá. Y sí, seguramente será incómodo el día que Matías me pregunte por qué Tom no puede ser amigo de Huck o por qué Margaret está brava con Dios e incluso por qué Harry no pudo salvar a Fred, pero valdrá la pena porque él aprenderá, como aprendí yo, que un poco de incomodidad es un precio muy bajo a pagar por una mente fértil abonada por historias y un amor por los libros que dura toda la vida.

 

 

 

4 comentarios en “Alcahuetería literaria

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