Los Regalos Imposibles


Todos hemos enfrentado el problema de querer darle algo maravilloso a alguien especial y no tener ni idea qué comprarles. Uno mira mil catálogos y deja la marca del vaho en cientos de vitrinas pero no da con nada y al final, como para no quedar mal, compramos cualquier cosa (en promoción) y lo envolvemos de afán y quedamos con la sensación de la oportunidad perdida, de que pudimos haber dado algo mejor, de que la otra persona no va a saber cuánto empeño le pusimos a lo que no pudimos encontrar. Por eso quisiera poder dar regalos imposibles. Ya saben, los regalos que soñábamos dar de niños, como las veces que intentamos atrapar besitos en una botella para darle a la mamá o la casa en el árbol que diseñamos para construir con el papá que tenía ascensor y nevera y helipuerto. Porque les confieso que sigo pensando en regalos imposibles, aunque ya son un poco más sentimentales (sin querer decir que no me parecería genial tener una casa en el árbol con helipuerto). Por ejemplo, si pudiera, le habría dado a mi papá de Día del Padre un mapa del rostro de Matías con los lugares exactos en donde lo veo a él y le diría que cada vez que mi hijo hace cara de necio es doble regalo para mí porque los veo a ambos y me río el triple.  O le habría dado una cápsula del tiempo para que en cualquier momento pudiera revisitar el fin de semana en el que nos quedamos nosotras tres solas con él en piyama jugando Monopolio y comiendo pizza directamente de la caja. O de pronto le regalaría una historia fotográfica de la “Ceja Levantada” patentada de la Familia Álvarez que heredé de mi abuelo Miguel para rastrearla al primer patriarca fundador de nuestro sarcasmo. Le regalaría a mi mamá una pomadita hecha de cristales de “tuteníasrazón” para que se la eche todo el día, y le daría visión remota para que cada vez que le haga caso sin decirle ella se de cuenta y sonría (con derecho a echármelo en cara después). A mi hermana Lina le daría una radiografía de la neurona que ella configuró en el momento en el que me dijo que no me casara al escondido –como teníamos planeado- y me dio una gran lección sobre la importancia de celebrar en familia y respetar las tradiciones y tener historias en común. A Pili le daría una grabación de nuestras carcajadas infantiles porque a veces recordar cómo reíamos de niñas es lo único que me saca de mis malos ratos. Me gustaría poderle dar a Jorge un foto del antes y el después de que nos conociéramos para que él viera la diferencia en mi sonrisa. Y a Matías le daría los recuerdos de mis abuelos, que tanto quise y que él no conoció. Le daría el sabor del dulce de grosellas de mi abuela Emilia, el sonido de mi abuelo Miguel recitando poesías, los videos de los discursos de mi abuelo Óscar y otro de mi abuela Pepita cosiéndonos las mangas de las piyamas el Día de los Santos Inocentes. Estos son mis Regalos Imposibles, que no se venden en ninguna parte pero que serían perfectos. Y ustedes, ¿tienen alguno?

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La “Cara de Necio” de Matías es idéntica a la de mi papá.

*PUBLICADA EL 23 DE JUNIO DE 2013 EN LA TARDE

3 comentarios en “Los Regalos Imposibles

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