De panel a estantería


Esta semana tuve el honor de ser invitada como panelista al Gimnasio José Joaquín Casas en Bogotá. No sólo me conmovieron las historias de las demás panelistas sino que me halagó profundamente la experiencia. Un par de niñas me pidieron mi dirección electrónica y me abrazaron a la salida y me hicieron sentir como una estrella de rock. Me hicieron dos preguntas interesantes:

 

La primera fue qué regalo especial recordaba haber recibido de niña y mi respuesta creo que las sorprendió un poco: mi primer brasier. En realidad, no fue mi primer brasier sino mi primer brasier bonito. Fui con mi mamá a Victoria’s Secret y ella me compró un hermoso brasier tipo balcón rosado de encaje con copas de satín y cargaderas alcochonadas. Fue una experiencia maravillosa porque sentí que esa prenda era como un carné que me daba la bienvenida a la comunidad de las tetahabientes. Era mujer. Era una de ellas. Ya era plural con las demás “nosotras”.

 

Esa experiencia me marcó porque me di cuenta de que la relación de una mujer con sus senos es tal vez de las más importantes. Hay que cuidarlas, quererlas, examinarlas, hacerles mantenimiento, escoger quién las puede compartir y disfrutar. Ellas, las tetas, las lolas, las bubis, son un símbolo y todas -las grandes, las chiquitas, las operadas, las caídas, las peludas, las que no funcionan, las que no se estrenan- todas son hermosas. Dije en algún momento que las mujeres en vez de chocar las manos deberíamos chocar las tetas, y aunque lo dije me dio en broma, el sentimiento es muy en serio. Deberíamos tener un saludo especial, algo de sólo nosotras, porque como lo dijo mi amiga Constanza Leal, quien  me invitó al panel y lo organizó, las mujeres somos la red de apoyo. Todas las mujeres que salen de su hogar a trabajar lo hacen gracias a que hay una mamá, abuela, tía, niñera o empleada del servicio que les ayuda a hacer lo que ellas no alcanzan. Y las que se quedan en la casa trabajando también tienen una red que les ayuda a superar los momentos en los que uno llora más que el bebé, que uno cree que el cuello sucio es el fin del mundo y que no se le ocurre qué más hacer de almuerzo y eso pesa como si fuera una decisión crucial que podría desequilibrar el universo.

 

La otra pregunta que me hicieron fue cómo definía la libertad y dije que para mí era poder decir que no. No me quiero casar, no quiero tener hijos, no quiero tener más hijos, no quiero tener sexo con él, no quiero tener sexo nunca, no quiero ir a la oficina porque prefiero cuidar a mi hijo, no quiero ser una mujer ultra ejecutiva y quiero tener diez hijos…no. Es una palabra poderosa y creo que es el arma más valiosa en el arsenal de una mujer inteligente.

 

Disfruté mucho la experiencia y espero que me hayan disfrutado a mí. Ya veremos si me llaman de nuevo…

 

Demi-bra

El nuevo saludo…

 

2 comentarios en “De panel a estantería

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