Las siete etapas del atraco


The Tigger Movie, a film based on the Disney a...

La calcomanía de Tigger fue lo que más me dolió

Me han robado.  No, no es que estén teniendo una regresión a una columna anterior, sino que me han VUELTO a robar.  Esta vez fue el tradicional “cosquilleo” durante un apretujado viaje en transmilenio.  Y sí, de nuevo todos me han dicho que siquiera no me pasó nada y que agradezca que sólo fue el celular y todo igual que la vez pasada.  Pero como ahora ya soy una experta en aquello de ser víctima del robo, quiero ofrecer mi sabiduría con todos ustedes, víctimas potenciales o que ya han pasado por lo que llamaré las siete etapas del atraco.

La idea se la robé a mi mamá, orientadora familiar y consejera fabulosa quien me enseñó sobre las siete etapas del duelo.  Pues bien, creo que cuando a uno lo atracan, de alguna manera uno le hace duelo a lo robado, por lo que estas siete etapas, con algo de creatividad, se pueden adaptar a lo que siente alguien recién atracado.  Lean y decidan.

La primera etapa es el choque.  El instante en el que uno se da cuenta de que algo anda mal.  El bulto que es el celular ya no es visible ni palpable en el lugar en donde generalmente está.  Uno siente como si se acabara de tragar una moneda de cobre helada y una amarga y álgida sensación recorre el tracto de la boca al estómago.  De repente, uno siente que se le seca la garganta y le faltan las palabras.  A veces, hasta empieza a sudar frío y a temblar ligeramente mientras la mano recorre el bolsillo, la cartera, la chaqueta y de nuevo otro bolsillo con creciente desesperación.

Sigue la negación.  – no – se dice uno mismo – no puede ser que me hayan robado.  Eso fue que dejé el celular (la cartera, la billetera, etc.) en alguna parte.  Eso fue que lo dejé en la otra cartera.  Claro, ayer tenía zapatos azules y ahora tengo los café y seguro lo dejé en la cartera que me sale con los zapatos de ayer. O en la casa de mi novio o en la oficina del lado o junto al teléfono sobre la mesa de noche.  Eso fue, lo dejé por ahí, está embolatado pero eso aparece.  Qué va a ser que me hayan robado (otra vez) a mí, yo siempre tan pendiente.  Además, eso es súper seguro, nadie se los roba, tienen clave y a lo mejor me lo devuelven.  Voy a llamarme en caso de que esté por ahí alguien buscándome para entregármelo, yo tan elevada…

Pero ya uno deja de meterse mentiras, y entonces llega la ira.  En ese momento, el diálogo interior es algo así como – Por qué yo, que soy tan buena persona, que hasta compro de esas goticas que venden para alimentación y nunca me cuelo en las filas, por qué yo, maldita sea, ojalá se pudra el que me lo robó, ojalá se electrocute tratando de descifrar la clave.  Policías inútiles, es una mentira el juramento que toman, dizque proteger y servir, sólo palabras pero dónde están cuando uno los necesita.  Claro, uno hace una “U” en rojo y vuelan, pero cometen un verdadero crimen y ni uno.  El colmo, el colmo, vida ¿!(“&)·?/·=)·!!! Por qué no tengo carro, por qué me vine a vivir a este pueblo, si estuviera en mi casita no me habría pasado esto, o si me hubiera pasado al menos mi mamá me estaría reconfortando y mi papá me llevaría a poner el denuncio, pero me toca sola como un hongo en esta ciudad, y fuera de eso llueve, (la maldición de esta semana cabe aquí) ojalá se caiga en un charco y se parta una pierna el que me robó…

Después de estar así mucho rato, llega la culpa.  Y entonces, la consciencia empieza a dar lora.  ¿por qué contesté esa llamada?  Claro, ahí fue cuando vieron dónde lo guardé.  ¿Y dónde dejé el manoslibres? ¿Por qué no cogí un taxi? ¿cómo no me di cuenta? ¿qué le voy a decir a mi papá?  Qué pena, ya van dos veces, cómo pude ser tan elevada, cómo es que me lo amarré con una cuerdita de la mano, por qué, por qué, por qué.

Pero no hay respuestas.  Y después de sobarse la frente varias veces y comprobar que eso no hará que regresemos en el tiempo, aceptamos la siguiente fase: tristeza.  Mi pobre celular, que compré con mi propia plata, en donde anoté el teléfono del niño que me gusta, con el que me distraje jugando culebrita en las filas en el banco, el que me servía de despertador y de amigo.  Con él no me sentía sola nunca porque si me tocaba almorzar sin compañía podía llamar a alguien para que me hiciera visita y los de las mesas de alrededor no creyeran que no tengo amigos.  Él era mi amigo. Tenía una calcomanía de Tigger por detrás y tenía la pantalla azul y se me calentaba cuando hablaba mucho rato con mis hermanas y olía rico porque lo limpiaba con Splash de fresa una vez a la semana para que no quedara grasoso.  Ahora, quién sabe dónde estará, quién lo estará usando, si lo quieren, si le arrancaron la calcomanía.

Y después de una lagrimosa despedida, llega la última etapa: la aceptación.  El celular no va a volver.  No me voy a encontrar al ladrón en la estación de la 26 para obligarlo a devolvérmelo ni voy a encontrar las pistas que conduzcan a la captura de la pandilla que se dedica a separar a las jovencitas de sus pertenencias.  Será volver a la Edad de las Cavernas, como cuando no había celulares y uno tenía que ser previsivo.

Y esas son las siete etapas del atraco.  Espero que mi análisis sicológico les guste y que nunca tenga que hacer este doloroso recorrido.  Feliz fin de semana y espero que el lunes los encuentre con sus pertenencias intactas.

*PUBLICADA EN MUNDO MODERNO EN el 2004

8 comentarios en “Las siete etapas del atraco

  1. Azul Celeste dijo:

    ¡uh Diu! ¡pobre de tí! Yo sé lo que se siente, lo último fue cuando casi aseguraba haber perdido la cámara digital con 100 fotos durante un viaje a 4 horas de aquí… para encontrarla en la pañalera entre 2 pañales y ñas toallitas húmedas 😛

  2. eduardo dijo:

    la verdad muchas veces nos roban por no ser lo suficienteménte prudentes ami me paso por confianzudo, de quien me va a robar ami si yo tengo cara de funcionario :@ y tal y a lo que menos pense pff me llegaron dos por atras con navajas y bye bye pertenencias :xx.

Venga opine, deje la timidez...

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