El negocio del llanto


Hace muchos años escribí una columna titulada “Bar de lágrimas”, inspirada en las tribulaciones de una amiga despechada que no hallaba dónde llorar en paz. La idea del bar era proporcionar un espacio en donde no se tuviera que ocultar el hecho de llorar y por ahí derecho recibir servicios adicionales. En ese entonces investigué un poco y resulta que alrededor del 77% de los episodios de llanto ocurren en casa y el 40% de las personas lloran solas, aunque el 88% de dicen sentirse mejor luego de llorar. Aprendí además que la mujer promedio tiene unos 47 episodios de llanto al año y el hombre, 7. Vi que había un potencial enorme pero nadie me cogió la caña. Al menos, no aquí.

Creo que la columna debió haber tenido un éxito transnacional porque esta semana me enteré del llamado “crying boom” japonés. Hoy en día, las películas más taquilleras y los libros más vendidos en Japón son los que hacen que la gente llore, y no la lágrima discreta hollywoodense sino llanto de moco en bomba. A diferencia de los occidentales, en donde a las mujeres nos gustan las películas en donde una persona muere lentamente y los hombres prefieren aquellas en donde muchas personas mueren rápidamente, a los japoneses parecen encantarles por igual las historias trágicas de amor en las que los enamorados superan un montón de obstáculos y al fin cuando están juntos y parece que todo va a salir bien, uno o ambos mueren. La moda es tal que la gente sale a relajarse con una lloradita luego del trabajo en lugares en donde hay “lloratones” –maratones de llanto- y grupos de terapia de lágrimas, e incluso hay varios Clubes de Llanto.

La verdad, no se me hace raro. Mucha gente siente que llorar tiene un efecto catártico y varios estudios han revelado que las lágrimas no son sólo agua salada sino que contienen proteínas y hormonas, así que ayudan a que el cuerpo libere una gran cantidad de sustancias. Una amiga decía que llorar era como ir al baño porque uno estaba lleno de porquería y tenía que dejarla salir.

Mucha gente mira con desdén a los lloradores. Por alguna razón sentimos que abrir la llave en público es de mal gusto, indicador de mala cuna, falta de glamour o control. Pero tal vez podríamos aprender de los japoneses y apreciar el valor físico, psicológico y hasta estético de llorar.

O mejor aún, sacarle provecho. Así como una sombrilla vale más cuando llueve podríamos vender pañuelos faciales a 5 mil la unidad, masajes ojo-reductores, mascaras para controlar la hinchazón y, muy a lo Susanita, frascos para recoger lágrimas para que cada quien tenga su colección de malos ratos debidamente clasificada. Muchas culturas han hecho negocio con el llanto con lloradoras profesionales para funerales y otros eventos sociales, pero en Colombia podríamos añadir un nuevo rubro económico con el tema del lagrimeo. Piénselo, el taxi especial que la lleva mientras llora, serenatas especializadas para hacer llorar, gotas de cebolla para los que no están en contacto con sus emociones…las posibilidades son infinitas. Y si todo lo demás falla, siempre está la posibilidad de hacernos llorar de la risa.

Venga opine, deje la timidez...

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