La medalla olímpica que nos faltó


 

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Tal vez para las próximas lo logremos…

 

Nos ha ido bien en estas olimpiadas, de las mejores participaciones que recuerdo de Colombia ¡8 medallas!. Estoy muy orgullosa de nuestros atletas y feliz de que podamos demostrarle al mundo todo lo que tenemos para ofrecer. Pero hay algo que me entristece un poco. Hay una medalla que nos habríamos podido ganar: competencia de catamarán. Con todo el respeto a Andrés Quinteroy Santiago Grillo, quienes participaron y seguramente dieron lo mejor de sí, ellos no eran los más indicados para darle el oro a Colombia. La verdad es que los mejores catamaranistas de Colombia son Jorge Hernán Alvarez y Rodrigo Ocampo. Así como lo leen. Ellos son famosos enlas costas de Santa Marta. Vayan y pregunten por la historia de los paisas y los caretablas.
Verán, todo sucedió hace unos años cuando nuestras familias fueron de vacaciones  juntas a un hotel en la capital magdalenense. Mi papá y Rodrigo, meros machos y ligeramente embriagados, decidieron ir a probar su suerte en el mar y alquilaron un catamarán. Siendo, respectivamente, ingeniero mecánico y abogado, naturalmente rehusaron las ofertas de acompañamiento, lecciones y chalecos salvavidas que les hicieron los lugareños y se motaron en la embarcacióncon rumbo al horizonte. Una vez bien lejos de la playa cuando ya habían pasado todos los conosflotantes que advierten que hasta allí es seguro, cuando ya casi no veían arena ni palmeras, decidieron regresar. Con toda la pericia de su experiencia nula supusieron que para dar vuelta al catamarán sólo había que voltear la vela. Mas no. Al agua fueron a dar y dado que estaban ya tronados fueron presa de un ataque de risa debilitante que casi los ahoga. Armado con unasonrisa y pantaloneta Speedo ochentera, Rodrigo se trepó como una rana y logró enderezar el catamarán. Mi papá desde el agua y cuidando que no se le enredara el tarrito que tenía alrededor del cuello para meter los billetes para que no se mojaran, viró la embarcación y la enrumbó de nuevo a tierra firme. Veían desde lo lejos que los lugareños les agitaban frenéticamente los brazos y les gritaban caretablas. Ellos devolvieron el salido convencidos de estar dando un espectáculo náutico digno de Hemingway y al regresar a la playa brindaron con sendos CocoLocos por su nuevo apodo y se dijeron “caretabla” durante varios días.
Años más tarde mi papá regresó al mismo lugar y sintió nostalgia por sus días de marinero. Haciendo alarde de su mote convenció a mi mamá de que salieran a navegar y fueron a alquilar un catamarán. Se encontraron con el mismo lugareño de la vez pasada, y mi papá quiso descrestar a mi mamá saludando al hombre, quien lo reconoció de inmediato y le dijo –¡Usted es uno de esos paisas locos que casi se lo comen los caretablas!
-¿Cómo así? –preguntó mi mamá -¿Qué es un caretabla pues?
– Un tiburón. Ustedes se fueron al agua justo donde se hacen los tiburones grandes. Pensamos que se los iban a comer enteriticos.
Mi papá le contó a Rodrigo y ninguno ha vuelto a navegar desde entonces, cosa triste porque en la competencia de catamarán con tragos habrían barrido con toda seguridad.

 

 

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