Grandes maestros de la vida


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Hace poco me tocó oír que una señora dijera “ay no, mijita, yo ya no quiero aprender nada. Con lo que sé, me fui”.Que alguien a quien todavía le quedan suficientes neuronas para aprenderse la trama de cualquier telenovela diga que no quiere aprender nada más durante el tiempo que le resta en la tierra y que sólo espera la muerte para salir como egresada de la Universidad de la Vida me parece insólito. ¿Cómo puede uno querer dejar de aprender? Entiendo que no todo el mundo quiera enrolarse en una academia formal de aprendizaje y obtener títulos y grados y diplomas, pero creo que esa señora, con todo el respeto, no está esperando sino que le den un papelito para oficializar la despedida, porque ya está muerta por dentro. En el momento en el que uno deja de querer aprender, se acabó la función.

Tal vez pienso así porque desciendo de una larga línea de maestros y maestras. Tanto mi papá como mi mamá y mis dos abuelos fueron profesores, y yo misma he ejercido y amado la docencia (no siempre ambas cosas al tiempo). Mis hermanas y yo nunca hemos pasado por alto la posibilidad de aprender, y entre las tres hemos logrado amasar una fortuna en conocimientos que van desde algunas frases sueltas en italiano, unos caracteres en mandarín y la letra de varias canciones el árabe hasta un conocimiento íntimo de las posibilidades de Excel, la habilidad de manejar moto y destreza en el arte de castrar cerdos. Nada de eso es necesariamente útil en la vida cotidiana de ninguna, pero aprendimos a hacerlo sólo por el placer de aprender. El filósofo francés Michel Foucault dijo “Las tres cosas más difíciles en este mundo son: guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar bien el tiempo”. Pues bien, yo le sigo trabajando a las primeras dos, pero la tercera creo que va muy ligada al tema este de aprender de todo y de todos. Si uno tiene la mente abierta, hay lecciones importantes en cada rincón del mundo y grandes maestros en todas partes. Basta con estar atentos.

Tomemos la televisión, por ejemplo. Pese a las críticas de que esa caja pudre el cerebro, a mi ver tele me enseñó muchas. De superman aprendí una valiosa lección de mercadeo: debes tener algo que no tienen los demás. Si superman se hubiera quedado en kripton, no sería Super…sería sólo “man” porque todos tenían los mismo poderes. Tienes que ir a donde tú tienes súper poderes. Clásico de la administración aprendido del hombre que se ponía los calzoncillos por encima de las medias veladas. De los Pitufos aprendí que la sobrespecialización del conocimiento puede encasillarte y que debes diversificarte o morir en el mercado laboral. Asimismo, de la serie José Miel aprendí que uno nunca debe emprender una búsqueda sin tener toda la información disponible y que la comunicación oportuna y eficiente con los demás puede ahorrarte mucho tiempo, muchos recursos y muchas lágrimas.

La literatura también enseña mucho. De Ricitos de Oro, la clásica indecisa, aprendí que si uno no sabe lo que quiere, no aprecia lo que tiene y nunca está contenta con lo que consigue. De Blanca Nieves aprendí las reglas sobre la correcta manipulación de los alimentos. Y el Patito Feo me enseñó algo valiosísimo… el éxito es la mejor venganza.

Pero las lecciones valiosas están en todas partes. Mi abuelo Óscar, por ejemplo, me ha enseñado que hay frases que se acomodan a cualquier situación. “qué hay por allá”, “qué hubo de lo mío”, “qué hay de aquella” y “entonces cuándo agendamos algo para gestionar lo de eso” son frases que no comprometen a nadie y en cambio nos hacen quedar bien a todos. También aprendí de él que el humor es casi siempre la mejor estrategia y que la lectura es el mejor vicio del mundo. Mis gatos, por su parte, me han enseñado mucho sobre ciencias políticas: la unión hace la confusión, y la confusión evita encontrar a los verdaderos culpables. Como verán, hay grandes maestros en todas partes.

 

* PUBLICADA EN NOVIEMBRE DEL 2006

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