Bandera de chocolate


Chocolates

Chocolates (Photo credit: J. Paxon Reyes).

Mi amor por el chocolate no es, precisamente, un secreto. Salta a la vista aún más que mis pecas -que probablemente sean causadas por el chocolate saliéndose por mis poros. Pero no crean que el chocolate sólo me ha producido placer lingual. Además de ser tema siempre bienvenido en cualquier conversación, tópico interesante de cualquier columna y referente útil para cualquier metáfora, símil o comparación, el chocolate ha sido un gran maestro. Y yo, una gran alumna.

Creerán que bromeo, más no. Esta es tal vez la columna más seria que he escrito este año. Bueno, este mes. Lo cierto es que el chocolate me ha enseñado muchas cosas. Por ejemplo, me ha enseñado a ser paciente. Paciente con los chocolates cuyos rellenos son tímidos y no se manifiestan de inmediato y hay que esperar a que hagan su aparición explosiva en la boca; tolerancia, porque hay que ser tolerantes con la gente que entra a una chocolatería a preguntar si tienen trufas dietéticas o si el chocolate amargo es porque tiene nutra sweet;  ser aventurera, porque es una aventura es probar un chocolate relleno de curry o de jengibre, de azahar o de violeta; no ser prejuiciosa, porque uno no puede adivinar el relleno con sólo ver la cubierta… qué lección más bella.

Además, el chocolate me enseñó respeto por la variedad, la mezcla, la diversidad, la novedad. El chocolate me enseñó sobre el multiculturalismo porque este maravilloso ingrediente proviene de una planta que crece en el trópico y se mezcla con nueces de norte y licores de sur –o viceversa-  y sigue siendo chocolate, transformado por sus viajes pero sin comprometer su esencia. Es el dulce más consumido del mundo (Dato No Oficial, inventado por mí para efecto dramático), común a todas las cultura, religiones, orientaciones psico-sexo-socio-afectivas y políticas. Ha sido tema de películas (gracias, Johnny Depp) y de épicos encuentros amorosos (chocolate untable).

Gracias al chocolate comprendí que sólo porque algo es del tamaño de una trufa no significa que no pueda contener un gran sabor. El tamaño no importa en el chocolate (la CANTIDAD ayuda, pero el TAMAÑO no importa) y aún el los chocolates más diminutos uno encuentra la evidencia de una labor hecha con amor.

Como si fuera poco, estudiar el chocolate me ha ayudado a comprender que aún un mordisco de trufa (ideada en Francia) rellena de ganache (nacido en Suiza) de ron (típicamente cubano) y trozos de macadamia (gracias, Australia), encierra todas las claves para descifrar los misterios de la humanidad: los viajes de Marco Polo y Colón, la ruta de la Seda, el Imperio Maya, la arrogancia Azteca, las Cruzadas, el álgebra, la filosofía de los griegos, la monarquía y la anarquía, la Cruz y la Estrella de David, reyes, zares, faraones, dictadores, libertadores… todo y todos quedan atrapados en cada gramo chocolatoso. Me dan ganas de llorar y todo.

Precisamente porque me conmueve tanto he llegado a la conclusión de que deberíamos (todos, o sea, la humanidad) adoptar como símbolo de unida y fraternidad, el chocolate. No creo que me demore mucho en convencer a la gente de la ONU para que adoptemos la bandera de chocolate como emblema de pluralidad. En Pereira ya tenemos la sede para la Embajada (tercer piso del Pereira Plaza, prueben el mazapán de verdad y los corazones rellenos de whiskey, dan ganas de brindar), y sólo nos falta elegir una embajadora… ¿alguna sugerencia?

 

*PUBLCIADA EN MAYO DEL 2007

2 comentarios en “Bandera de chocolate

Venga opine, deje la timidez...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s