De día del padre…


Mi papá.

Esta es una columna especialmente personal, que a la vez creo que contiene un mensaje absolutamente universal. Es la columna que escribe una hija a su padre, el último Día del Padre que pasarán juntos en la misma casa.

Me voy. Me voy de Pereira y me voy de mi casa, y esta vez es del todo. Me voy a casar, me voy a formar mi propia casa y mi propia familia, que siempre será una extensión de la familia que dejo, pero nunca será completamente ni de ellos ni mía.

Me voy y llevo conmigo, para formar esta nueva familia, para edificar este nuevo hogar, el modelo de todo lo que debe ser un esposo y un padre. Mi papá, a quien muchos llaman ‘Panza’ y otros ‘Don Jorge’, es la personificación de todo lo que he buscado en quien he elegido para acompañarme en lo que me queda de vida como socio en esa empresa que se llama matrimonio. Me caso con un Jorge que sabe que le va a quedar difícil la tarea de llenar los zapatos dejados por el original.

Mi Papá es, en mis ojos, una combinación entre MacGyver y el Marlboro Man, un hombre que crecí viendo operar yeguas con la misma navaja con la que pelaba naranjas, que a propósito, sabe pelar de tal manera que la cáscara quede en una sola tira ininterrumpida que después se puede volver a armar. Dado que crecí teniéndolo a él como héroe, como referencia de todo lo que deben ser los hombres, hay ciertas características que di por sentado tenían todos y sólo de adulta descubrí aterrada exactamente qué tan especial es mi papá. Por ejemplo, supuse que era normal que un hombre pudiera matar un ratón de un solo golpe certero del matamoscas y que montar  caballo con silla era cosa de nenas. Me parecía apenas lógico que el cromosoma Y viniera con la habilidad de enlazar reses en la oscuridad y el conocimiento suficiente para distinguir a ojo y sin tocar, los aguacates buenos de los malos y las culebras venenosas de las inocuas. Me parecía que todos los hombres deberían tener la puntería suficiente para dejar tuerto a un zancudo posado a tres metros de distancia. Supuse siempre que era natural que un hombre fuera macho para el pique, y el que supieran chiflar logrando decibeles propios de los motores de los F16 lo suponía casi tan básico como respirar.

Pero no. Todas estas cosas que di por sentado no son propias de los hombres, sino de mi papá. Después de que varios novios lloraran al probar unas gotas de las confecciones picosas artesanales de mi papá y de abochornar a más de uno que chilló al ver un murciélago, he comprendido que no es saludable, ni para los hombres del mundo ni para mí, usar a mi papá como unidad de medida. Se necesitó que una serie de circunstancias irrepetibles formaran una constelación inigualable de requisitos para crear a mi papá, entre los que se destacan: Padre veterinario que además sabía de Boleros y poesía; madre que cocinaba como los dioses y adivinaba como las brujas; un hermano mayor que jugaba escondite con él aún cuando él creía que el mejor escondedero era debajo de un taburete de mimbre; una hermana cuyas primeras palabras fueron ‘pero sobre todo, ojo con la princesa’ y cuatro hermanos menores que se encargaron, cada uno a su manera, de buscar su protección y de soportar sus regaños. Y claro, gran parte de lo que hizo a mi papá ser Mi Papá fue, por supuesto, Mi Mamá, quien ayudó a transformar al joven apuesto que tocaba guitarra en el papá que trasnochaba para recogernos en las fiestas de quince y aprendió la diferencia entre tela absorbente con malla rapisec y tela de tejido suave con extracto de algodón y manzanilla porque tiene tres hijas que una vez al mes necesitan que vaya urgentemente al supermercado.

Supongo que, así las cosas, soy parcialmente responsable del papá que será –algún día- mi marido. Tiene mucho potencial, así que no estoy muy preocupada. Además, tengo muy estudiado el modelo. Creo que vamos a empezar por conseguirle una navaja Swiss Army.

Feliz Día del Padre, Papi. Gracias por todo.

 

*PUBLICADA EL DÍA DEL PADRE DE 2007

4 comentarios en “De día del padre…

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