Eso de ser niña…


Dolls' at Uzes Market

Las muñecas aún me parecen un poco atemorizantes...

No voy a negar que no siempre me encantó eso de ser niña. Tuve, durante un lapso generoso de mi niñez, una actitud displicente y despectiva respecto de las colitas y los corazones y todo lo rosado y tierno asociado con las niñas. Yo quería ser niño, quería ser el hijo que mi padre no tuvo, quería jugar deportes rudos y no tenerme que sentar en los inodoros. Detestaba las muñecas, coleccionaba sapos y tortugas y pasaba largos ratos tratando de perfeccionar el arte de escupir.

Pero entonces ocurrió una sucesión de eventos, separados entre sí por varios años pero igualmente importantes: Descubrí las Barbies, los niños y el maquillaje. En ese orden.

Primero, las Barbies me sirvieron como un escape, un desagüe para mis historias porque este es un juego que me permitía narrar todas las novelas que mi hiperactiva imaginación quisiera, sin tener que convencer a mi hermana Pilar para que se disfrazara de esclava, soldado, vaquera ni espía de la resistencia francesa, según el caso. Ella estaba muy agradecida…

Al rato me di cuenta de que los niños no eran seres del todo desagradables. Algunos de ellos hasta olían rico y me producían sensaciones interesantes en el estómago, como un aleteo extraño.  Vi que me gustaba que me miraran y que me dijeran cosas bonitas y que no paraba de sonreír cuando me los encontraba, por lo que empecé a cambiar ligeramente mi manera de vestir, abandonando las cachuchas y las botas Machita de Croydon y aceptando las blusitas de manga bombacha y falditas con chanclas que mi mamá quería que me pusiera.

Finalmente, hace poco, me independicé cosméticamente y compré mis propios maquillajes en lugar de gastarme los de mi mamá. Aprendí que la belleza natural está sobrevalorada, que la pestañina no derrite las neuronas y que el manicure no borra el pensamiento crítico como nos lo hicieron creer las feministas.

Y entonces, decidí que ser niña no era tan mala cosa. Es más, aprendí que no hay una sola manera de ser niña, sino que hay infinitas posibilidades. Descubrí que podía ser niña deportista, niña intelectual, niña femenina y que no tenía que escoger porque no son mutuamente excluyentes. Creí que tenía que pelear con todo lo rosado para defender mi posición como mujer inteligente, para que me tomaran en serio y se fijaran en mí por mi cerebro, pero después entendí que una puede ser sesuda con estilo. Nadie ha comprobado que las sombras nacaradas sueltas reduzcan el coeficiente intelectual ni que la base líquida que elimina el brillo y no se corre impida el razonamiento abstracto necesario para aprehender conceptos filosóficos etéreos.

Además, tanto hombres como mujeres llevamos milenios usando elementos naturales para realzar la belleza. Del maquillaje se habla en la Biblia y en los jeroglíficos de las Pirámides. El maquillaje y la vanidad son tan viejos como el arte de mirar a la del lado.

El impulso de querer expresarnos a través de la piel permanece inalterado desde hace siglos, y el primer piso de Orbicentro hay un lugar lleno de espejos y colores y secretos que me seduce con su oferta inagotable de posibilidades cada que paso por ahí. Es uno de esos lugares que me hacen feliz de haber aceptado ser niña, de haber comprendido el poder que encierra la magia de elegir y la libertad de no temerles a las elecciones.

*PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DEL 2007

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