Punto, cadeneta, ronquido ( o por qué renuncié a ser intelectual)


"Anna Karenina" by Leo Tolstoy

Image by cod_gabriel via Flickr

Albert Einstein dijo alguna vez que había que tener mucho cuidado de no hacer del intelecto nuestro Dios porque tiene músculos poderosos, pero cero personalidad. Me encanta esa frase y la recuerdo con frecuencia, en especial cuando me reúno con algunos colegas académicos (No se preocupen, ellos no leen mi columna). Cuando mi abuelita se reunía con sus amigas del costurero, decíamos que ellas hacían ‘punto, cadeneta, chisme’, pero con mis colegas es más ‘punto, cadeneta, ronquido’. El ronquido es mío. Ellos hacen otros sonidos más aceptables, como el ‘ajém’ y el ‘ajá’ y el infaltable ‘esteeee’, y los entremezclan con citas, referencias, fuentes y anécdotas de gente que aparece en la parte de atrás del Pequeño Larousse Ilustrado. No les miento… estaba el otro día almorzando con un par de profesores y saqué unas cosas de mi cartera (mi cartera es una maravilla. Dentro hay los elementos necesarios para hacer una traqueotomía de urgencias, desmantelar una bomba y retocar mi maquillaje), acto que produjo el siguiente comentario “tienes más cosas ahí adentro que Ana Karenina en su cartera roja”. Esto engendró en mi rostro una expresión de silenciosa confusión porque en la versión fílmica- protagonizada por Greta Garbo y que me vi con mi abuela Pepita durante un festival de cine clásico que dieron durante una amigdalitis mía que me evitó tener que ir al colegio- no había tal cartera roja. Mi confusión, por supuesto, me ganó una larguísima explicación de la trama central de Ana Karenina y los diferentes niveles de lectura en los que además la careta se convierte en una metáfora para las cargas emocionales de la vida de las mujeres oprimidas. Les juro que tres cucarachas que pasaban cayeron muertas del peso de la explicación. Había cucarachas porque no fuimos a almorzar donde yo quería sino a un ‘lugarcito’ que ellos frecuentan en donde uno puede, por 5500 pesos, sentirse ‘como en casa’. Yo pensé que ‘como en casa’ significaba comodidad e higiene, mas no. Significa que el concepto de servicio al cliente es inexistente, que hay salero comunal y que como todos somos familia, los cubiertos están mal lavados. Ah, y además no sirven coca- cola, elixir divino, sino jugo mal revuelto y aguado de frutas que debieron haberse extinguido con los dinosaurios. ¿Por que, por qué, POR QUÉ la gente le dice ‘jugo’ aún cuando el agua y la fruta se han separado, se han divorciado irreconciliablemente como cualquier pareja de Hollywood? La palabra JUGO implica que hay unidad estructural, pero estos vasos contienen capas, CAPAS. Las capas están bien en las tortas y hasta en los cocteles (advertencia, los cocteles de capas de colores prenden más que gasolina de jet), pero un juego no debe parecer una bandera. Pero claro, no podemos ir donde los yanqui-imperialistas opresores que alimentan la maquinaria que mantiene sometidas a las masas y manejan el peligroso concepto del sabor y la variedad en las comidas. No, por supuesto que nosotros, los intelectuales, tenemos que comer algo llamado ‘sopa de la prosperidad’, que no resultó ser más que sopa de lentejas aguada con lo que elegí creer eran raíces chinas y no quiero que NADIE me lleve la contraria.

El postre, algún menjurje coloidal rosado dulzón de sabor que no lograba asemejarse del todo a algo que se encuentre en la naturaleza, marcó el fin del encuentro y me lo devoré para poderme ir rápidamente, pero pronto me arrepentí. Se me formó una capa de sustancia pegajosa en el paladar y tuve aliento rosado toda la tarde. Traté de disolverlo con un café después, pero la duración del sabor es, aparentemente, inversamente proporcional a la calidad de los ingredientes. Una Hershey’s kiss dura segundos, mientras que el jugo de tomate de árbol es recordado hasta entrada la madrugada.

De regreso del almuerzo pensé en todo lo que habían dicho, en cada frase que venía con notas al pie de página. Las comillas fueron mi principal fuente de proteína en ese almuerzo, así que tenía hambre. Y caminando hacia McDonalds me reí al pensar en mi amigo Einstein y lo mucho que habría gozado viendo estos adoradores del Intelecto.

* PUBLICADA EL 17 DE FEBRERO DE 2008

2 comentarios en “Punto, cadeneta, ronquido ( o por qué renuncié a ser intelectual)

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