La adultez viene en forma de crepe


Crepe

Image via Wikipedia

Esta semana, una amiga y yo nos reunimos para almorzar cerca de la universidad donde estudiamos juntas. Llenas de nostalgia por los viejos tiempos, decidimos almorzar en nuestra crepería favorita. Bueno, crepería es algo pretencioso. En realidad es un carrito de crepes en la mitad de la calle que tiene un aviso pintado a mano que reza “la crepería”. Pedimos lo de siempre, una crepe de jamón, pollo, queso, tomate, salsa rosada y orégano y otro de nutella con arequipe y leche condensada para cada. Dado que es un carrito, no hay mesas y los crepes se comen con la mano, como una arepa con queso glorificada. Pero no nos importaba hace diez años (sí, hace diez años fui primípara en la U y me nutrí casi exclusivamente de estas crepes y de pizzas que se vendían a $1000 pesos la porción con gaseosa incluida) y pensamos que no nos iba a importar ahora. Pero resulta que hace diez años no nos importaba sentarnos en el andén o comer paradas porque el mundo nos cabía en el bolsillo. No teníamos celular ni cartera ni nos importaba ensuciarnos los ‘jeans’. Esta vez decidimos buscar una banca y sentarnos a comer. Los maletines y las carteras de ambas ocupaban ¾ partes de la banca, así que nosotras quedamos compartiendo el cuarto restante entre las dos, con lo que no podíamos mirarnos mientras comíamos. No sé por qué, pero como no nos veíamos, tampoco nos oíamos, así que pasamos la mitad del almuerzo diciendo “¿que qué?” y tratando de no mordernos el pelo. Claro, en la U no teníamos peinado de secador y plancha con cabezas de cerámica ionizadas. En esa época yo tenía el muy en boga corte militar y ella se enrollaba su abundante melena en una bamba, así que nunca tuvimos que pensar que el pelo se unta de crepe y viceversa.

No quisimos permitir que el detalle de la logística capilar nos dañara el rato, así que continuamos valientemente tratando de salvar look y almuerzo cuando nos dimos cuenta de que perdimos la destreza requerida para coger apropiadamente la dichosa crepe en la mano. Verán, estas crepes se tienen que mantener con un nivel de presión más preciso que el de una pipa de gas porque si se aprieta demasiado, se sale el relleno, pero si no se aprieta lo suficiente, la crepe se desmaya. Por supuesto, yo sobreapreté la mía y se me regó el relleno hirviendo en la mano. Además, perdí la coordinación ojo-mano-maxilar-diente porque no pude cortar el queso derretido. Mordía y el queso se negaba a ser cortado y quedaba colgando mientras yo estiraba la mano. Me tocaba usar la otra mano para cortar el queso, que invariablemente se me caía sobre la barbilla. Cada mordisco implicaba limpiarme las dos manos y la cara, con lo que gasté una gran cantidad de servilletas.

Como si lo anterior no fuera reto suficiente, en medio de todo me sonó el celular. Con la mano menos grasosa lo pesqué de la cartera, pero ya era demasiado tarde. Habían colgado y ahora el teclado y la cartera estaban llenos de huellitas grasientas y se me había doblado la crepe. Decidí terminar de doblarla y meterme lo que quedaba de ella, alrededor de una tercera parte, a la boca de una. Grave error de cálculo, pues al parecer mi boca se ha encogido ya que no me cupo bien y me tocó masticar durante varios minutos antes de poder tragar, y además se me fue por el camino viejo y tosí como una loca y quedé ronca el resto del día porque el combo viene con coca cola chiquita. Nos comimos el postre en silencio y nos despedimos con cierto sabor agridulce en la boca, que ni siquiera la nutella pudo disipar. Nos dio agriera a las dos esa noche y concluimos que la crepería es ahora un lugar hostil para nosotras. Bueno, la verdad es que el pasado el hostil… por eso, mi amiga y yo decidimos encontrarnos a almorzar en un lugar con tenedor y cuchillo la próxima vez y dejar la nostalgia en un plano meramente verbal de ahora en adelante.

 

* PUBLICADA EL 24 DE FEBRERO DE 2008

3 comentarios en “La adultez viene en forma de crepe

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