Los mandamientos del préstamo de los libros


Excomunión

He prestado un libro. Sucedió como siempre sucede, esa escena que los bibliófilos tanto tememos. Alguien que está de visita en tu casa empieza a curiosear tu biblioteca. Rezas para que se aburra, haces un comentario jocoso para desviar su atención pero nada distrae su mirada penetrante. De repente, con la velocidad sorpresiva y certera de una serpiente, una mano sale y toma presa un preciado volumen. Es un libro que te has leído mil veces y anhelas leer mil veces más, o peor aún, está aún con las páginas pegadas en las esquinas porque ningún humano ha violado con sus retinas la virginidad de los párrafos… está bien, se me está yendo la mano en la cursilería, pero el caso es que todos los coleccionistas literarios (suena mejor que ‘nerd’, ¿no?) repudiamos el momento en el que alguien nos pide prestado un libro. Es sumamente incómodo porque la gente no reacciona bien cuando uno sale con un “mejor no” o hasta un “mi religión me lo prohíbe”. Me hace anhelar los días en los que aún me servía el clásico “mi mamá no me deja”, pero ya ni modo. La verdad es que apenas presto un libro, lo extraño. Mi biblioteca parece caótica y desvalijada. Me invade una nostalgia terrible y me provoca llamar al prestador e instruirlo sobre el protocolo del libro ajeno. Ya no lo hice con esa amiga, pero aprovecho esta columna para decirles a todos los prestadores en nombre de todos los dueños esta súplica sencilla:

No caigas en la tentación de DOBLAR LAS ESQUINAS. En todas partes le regalan a uno separadores de hojas y calendarios y cositas que uno puede usar para marcar el lugar en el que va sin tener que dañar el libro. Tampoco es buena etiqueta librera dejar el libro abierto boca-abajo. Esto le da escoliosis al libro e ira a mí. Usa el envoltorio de una chocolatina, una tarjeta de presentación, un pedacito de periódico aunque sea, pero no dañes el librito…

Es igualmente importante mantener un nivel básico de higiene. El papel, como sabrás, es un material poroso que guarda durante décadas el olor a empanada, papitas fritas, mandarina, etc. Abstente de comer o beber mientras lees, pues corremos el riesgo de que la página 102, justo en el párrafo de la candente escena de amor o a punto de descubrir al asesino, quede una enorme mancha de grasa en forma de tu huella digital que para siempre olerá a longaniza, arruinando la experiencia lectora. Si te da hambre, separe la hoja (como he indicado anteriormente), come y lávate las manos antes de reanudar la lectura.

Asimismo, aunque parezca obvio –me da casi pena mencionarlo- procura evitar estornudar o toser hacia las páginas. Y, te ruego, no entres en libro contigo al baño. Las escenas en las que alguien lee en la tina rodeada de velas se ven bien en la pantalla, pero en la vida real suponen un peligro para libro.  Ah, y queda TERMINANTEMENTE PROHIBIDO RE-PRESTAR. Esta actitud, si bien en su origen es noble, produce más pérdidas que el diluvio. Crees que eres buena persona cuando alguien te ha prestado un libro y se lo recomiendas a una tercera persona, que generalmente no tiene contacto alguno con el dueño original. En ese momento, las probabilidades de recuperar el libro son más peligrosas que las de una banda de ‘reggae’ en un rally del Klu Klux Klan

Finalmente, amigo prestador, quiero hablar de la devolución. No te quedes con el libro un año para luego decirme ‘ah, ni lo leí’. Eso es como dejar podrir el mercado por el que has mendigado. Dime que te encantó, así sea mentira. Haz que mi sacrificio valga la pena, dime que te ha cambiado la vida ese libro y que nuestra amistad se ha fortalecido. Pero, ojo, no me hagas escoger entre ambos porque temo que podrías salir perdiendo.

*Publicada el 15 de marzo de 2008

 

2 comentarios en “Los mandamientos del préstamo de los libros

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