Emilio todo lo sabe


Emi

Mi mamá ha hecho lo posible para que mi sobrino tenga un ego saludable. Cada que Emilio dice que no puede hacer algo, mi mamá –y la mamá de Emilio- lo corrigen diciendo “claro que puedes porque Emilio, todo lo puede”. Esta es una lección importante que, de calar, seguramente será la clave del éxito de mi sobrino, que es el niño más hermoso y brillante del planeta (oigan, no soy juez de Miss Universo, yo sí puedo ser todo lo parcial que yo quiera). El plan de mi mamá, por brillante que suene, parece no estar funcionando. Eso quedó claro el otro día cuando Emilio dijo que no podía abrir la puerta del carro y mi mamá empezó a decir “Claro que sí porque Emilio todo lo…” interrumpió mi madre, para darle a él tiempo de completar la frase. “¡Sabe!” contestó mi sobrino, confiado en la certeza de su respuesta. Así es, “Emilio todo lo sabe” se ha convertido en el nuevo lema de mi sobrino, quien a sus dos años y medio cree haber desenmascarado todos los secretos del mundo.

Y puede que sea así.

En su vida no hay misterios, no hay dudas, no hay vacíos conceptuales. Él sabe dónde puede y no hacer pipí; quién le da (generalmente, yo) y quién le niega galletas; quién se ensucia con él (de nuevo, generalmente yo) y quién lo limpia cuando se ensucia; dónde quién ir cuando está lastimado y a quién hacer ojitos cuando necesita un cómplice para alguna necedad (sí, han adivinado, de nuevo soy yo). Él tiene la vida resuelta y por ello camina por el mundo con el andar certero de quien tiene fe absoluta en inquebrantable en sí mismo. Y les confieso… ¡me da una envidia!

Últimamente, me he esforzado por recapturar esa sensación, pero sólo logro recordar vagamente y quedo con la inequívoca sensación de pérdida, esa sensación que a uno lo invade cuando uno se da cuenta de que el billete de 20 mil que uno sabe que tenía en el bolsillo ya no está, pero no recuerda qué hizo con él. Algo en mí aun retiene partículas de la certeza mágica que me acompañó de niña en esa época en la que lo tenía todo bajo control, cuando era absolutamente lógico que los juegues los traía el Niño Dios, el jefe de Santa Claus, el Ratón Pérez y el viejito de la Temible Bolsa Negra –que, pare quienes no tienen una madre obsesivamente ordenada, era un viejito que pasaba con una bolsa de la basura y se llevaba todos los juguetes que no estuvieran en su sitio. Volar y respirar debajo del agua eran destrezas que yo poseía, si bien no había perfeccionado. Yo no creía, SABÍA que yo podía hablar con los animales y los juguetes, que todo se podía levantar con la ayuda de una capa fabricada con una toalla vieja y que los mostros no sólo existía, sino que vivían debajo de mi cama y en mi clóset y se espantaban con la linterna que me regaló mi papá que era especial para disolver mostros (no es un error, se dice MOS-TROS) y arañas y el temor de ir al colegio por las mañanas. Esa linterna era una maravilla, ahora que lo pienso. Yo sabía que la linterna funcionaba, así como estaba segura de que si le sacaba la lengua a mi mamá, se me iba a secar  y caer y no podría volverá comer paleta. Mi mundo funcionaba, yo tenía todas las respuestas. Y después… deje de saber y empecé a conocer y ahí se vino todo cuesta abajo.

Conocí el concepto de lo imposible y de repente, mis amigos imaginarios ya no querían jugar conmigo. Aprendí sobre la física y ya volar no se me hizo tan fácil. Empecé a ver noticieros y cambié los mostros por los monstruos, y contra esos no hay linterna que valga. Durante muchos años olvidé lo que era saber todas las respuestas, pero Emilio, que todo lo sabe como alguna vez todos lo supimos, me volvió a enseñar. Y a él no se lo voy a dejar olvidar.

 

*PUBLICADA EL 1 DE JUNIO DE 2008

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