Lo mundano… aún fuera de este mundo


Space Ship One

Image by afagen via Flickr

El espacio, con el Sol, la luna y las estrellas, cometas, luceros, planetas y hombrecitos verdes que lo pueblan, me ha fascinado desde niña. Tengo recuerdos de lo más preciados de mi papá y yo mirando la luna con un telescopio. De hecho, una de mis posesiones más preciadas es un lapicero que me compré en el almacén de la NASA, que escribe debajo del agua y en ambientes de cero gravedad. (Me lo compré por si estoy en el espacio o buceando y de repente alguien necesita mi autógrafo. No sé exactamente qué tan famosa pueda llegar a ser algún día, pero quiero estar preparada…). Recientemente, con los viajes privados a la luna, incluso he fantaseado con empezar a hacer abdominales para poder ir y ver de cerca la bóveda celeste y los misterios cósmicos que encierra, pues me resulta sumamente romántico todo aquello que ocurre más allá de los límites de las nubes. Bueno, me resultaba romántico hasta que leí la gran noticia espacial de esta semana.

Resulta que los astronautas que viajarán en la Nave Discovery tendrán que llevar unas piezas extra de equipo cuando emprendan su viaje espacial este fin de semana: una bomba para inodoros.

Tal como leyeron.    Al parecer, el inodoro de la Estación Internacional Espacial no está funcionando y dado que allá arriba no hay arbusto que valga, esta situación se ha tornado delicada. La escena me resulta comiquísima cuando me imagino uno de los astronautas tratando de vaciar el inodoro y diciendo “eh, Houston… tenemos un problema. ¡y qué mal huele!”. Es bastante cliché, lo sé, pero sigue siendo muy gracioso.

Si lo piensan, en cierto nivel es reconfortante saber que ni aún fuera de este mundo podemos alejarnos de lo mundano. No hay lugar lo suficientemente lejos. Ni lo suficientemente sacrosanto tampoco, como quedó evidenciado este pasado domingo cuando estaba acompañando a mi esposo a la ceremonia de confirmación de su hermano. En pleno rito, con Obispo abordo, un niñito gritó “Mamaaaaaaaaaaaaaaaaá, tengo que hacer popooooooooooó”. Nada que hacer… cuando toca, toca. Hasta Monseñor entendió.

Esta reflexión sobre lo escatológicamente democrático que resultan las necesidades corporales me recuerda una anécdota que contaba Martica, una prima de mi mamá que vivió en España. Por razones del destino coincidió en un baile con la crema y nada de ese país. Varias copas de champaña después de empezada la fiesta, a Martica le urgió ir al baño público y le tocó en la fila justo detrás de la Reina Sofía. Sí, la mismísima Sofía Margarita Victoria Federica Glucksburgo,  su Alteza Real Princesa de Grecia y Dinamarca y Reina de España –gracias, Wikipedia– , tiene que hacer fila para hacer pipí en los baños  públicos como todos nosotros, y seguramente se enreda sosteniendo la cartera y la falda como todas nosotras, y se preocupa por que se le resbale la tiara y se le vaya por el inodoro como, bueno, como nadie que yo conozca, pero seguro hay gente así. El caso es que Martica siempre usaba esta historia para resaltar las similitudes que nos unen como humanos resumiendo en su ya famosa frase “Sí ve, mija, de nada vale ni la plata ni la alcurnia porque a fin de cuentas, todos hacemos lo mismo en la misma parte y por el mismo lugar”. Y así es. En el Vaticano, en el Castillo o en el Espacio. No hay escape de lo mundano ni de lo humano.

* PUBLICADA EL 1 DE JUNIO DE 2008

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