Amnesia y otras tecnopatías


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Image via Wikipedia

Me han robado mi celular. Si usted lee con frecuencia esta columna (¡gracias!), podría creer que ha viajado en el tiempo o que tiene una especie de dejà vu literario, pero no.  Me han robado OTRA VEZ el celular. ¿Cuántas veces van? He perdido la cuenta ya que, mucho antes, había perdido las ganas de contar.

El cuento es que esta vez me han hecho un daño terrible al robarme el celular porque me han dejado incomunicada con el mundo. No me sé sino los celulares de mi familia inmediata y de nadie más. Me quedé sin amigos. Me quedé sin memoria.

Esta experiencia me ha servido para dos cosas. Bueno, para tres porque la primera es para darme cuenta de que en realidad soy bastante elevada, un pelín ingenua y me está saliendo un tanto cara esta característica, por demás simpática y entrañable, de mi personalidad. Pero las lecciones dos y tres son, respectivamente, que hoy en día dependemos en exceso de la tecnología para nuestras relaciones interpersonales y que los celulares son más que dispositivos comunicativos.

Empecemos por el aspecto interpersonal. Reconoceré aquí y ahora, públicamente y sin tapujos, que mi círculo de amigos se redujo por culpa de las compañías de telefonía celular. No hice casi amigos nuevos desde que empecé con este plan porque una vez nos dábamos la mano y nos caíamos bien venía la verdadera prueba de fuego: el número celular.  Con el segundo dígito del número celular yo ya sabía si esta era una persona a quien iba o no llamar. El tres lo tenemos todos, pero la diferencia entre el cero y el uno se convirtió en algo determinante. Mis relaciones empezaron a basarse en el primitivo sistema binario de unos y ceros. Las distancias geográficas, las diferencias políticas y los sismas religiosos ocuparon lugares segundones al lado de “eres Tigo o Comcel?” Amigas de toda la vida, parientes cercanos, colegas y hasta romances potenciales se desvanecieron del horizonte de la probabilidad porque no éramos celularmente compatibles. Pero eso no es lo peor. Cuando finalmente se le llenó la memoria a mi teléfono, tuve que empezar a jerarquizar y a priorizar mis contactos. Me tuve que pone en la penosa tarea de ser sincera conmigo misma y decirme “a ver, la verdad es que a este tipo nunca lo vas a llamar” o “esta puede que te sirva más adelante si te sale tal negocio… mejor no la borres”. Y ahora que se me han robado mi aparato, he quedado sin nada.

Respecto a la lección número dos, reconozco que mi celular tenía más que sólo números. Tenía fotos de mi sobrino que nunca recuperaré, mensajes de cumpleaños de mi papá, tequieros de mi mamá, buena suertes de mis hermanas y hasta los mensajes que mi esposo y yo intercambiamos el día de nuestra boda los he perdido para siempre. Me han quitado mi memoria. Me han quitado parte de personalidad… el timbre que tanto me demoré en elegir decía algo de mí, al igual que mi guardapantalla (que era una foto del guadual de la finca para que siempre tuviera un pedacito de Pereira conmigo, así estuviera lejos) y la música y todo. Nunca pensé que extrañaría tanto un aparatico de esos, pero ahora siento como si algo vital me faltara. El nuevo todavía no es ‘mío’, no lo he domesticado, aún no somos amigos. He descubierto la tecnotusa, lo cual me preocupa porque significa que existe el tecnocariño, el tecnoengaño y, tal vez, hasta el tecnokarma.

 

^PUBLICADA EL 25 DE MAYO DE 2008

Un comentario en “Amnesia y otras tecnopatías

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