De epónimos y egos


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Image by Vertigogen via Flickr

Entiendo que las artes pasan por un mal momento, pero la estrategia del Centro de Artes de Cedar Rapids, (Iowa, EEUU) es tan desacertada como de mal gusto. Para recoger fondos han decidido darle al donante de 1000 dólares en adelante el derecho a nombrar…un inodoro. En el correo electrónico que enviaron para atraer inversionistas potenciales dicen “Es la oportunidad de honrar a un ser amado, un colega, su artista preferido o usted mismo […] entre sus vecinos pueden hacerle honor a un mandatario admirado, conejal, expresar su respeto por un profesor o mentor, o tal vez con sus colegas puedan sorprender a su jefe. Las posibilidades son infinitas”. Sí, tan infinitas como el lugar a donde va a dar el contenido del retrete.

Créanme, yo entiendo la pulsión de querer dejar un pedazo de inmortalidad por ahí. Aunque mi nombre sea cacofónico y poco comercial, mi ego es mayor que mi sentido de la estética sonora y quisiera que algo famoso se llamara como yo. Todavía me queda tiempo para hacer algo que amerite una estatua, o un busto aunque sea. O tal vez un lindo viaducto, un bonito estadio o algo sencillo como un rascacielos.

El caso es que eso de los epónimos no siempre es un honor. Las enfermedades venéreas se llaman así por la diosa griega Venus; la familia de Joseph Ignace Guillotin no debe decir con orgullo que la guillotina se llama así porque el tatarabuelo fue el de la brillante idea de usarla (es más, trataron de hacer que el gobierno francés dejara de usar esa palabra pero al final mejor se cambiaron el apellido); y tampoco creo que los descendientes de Charles Lynch cuenten a los niños la historia de cómo el viejo Charlie dio origen al término “linchar” en Navidad. En cambio a los descendientes de John Montagu IV les debe doler que no existiera el concepto del “Copyright” en el siglo XVIII porque serían millonarios con aquello del sándwich.

A pesar de estos ejemplos infortunados, lo del epónimo sigue siendo sexy. Por ejemplo, me gustaría que me llamaran de Mars a decirme que van a poner en el mercado la Angie bar. O de Apple, para contarme que han diseñado la nueva Lap top Angelita, con teclado a prueba de chocolate. También me sentiría feliz con una llamadita de Ralph Lauren para informare que su nueva línea de pantalones “The Angie” reduce la celulitis. Incluso de Revlon para decirme que habrá un nuevo color de sombra llamado “Azul Ángela”. Hasta me contento con que la Real Academia de la Lengua me diga que me van a dedicar una entrada en la próxima edición del diccionario con el verbo “angelitizar” como sinónimo de “corregir”.

Pero lo más probable es que mi nombre sea el epónimo de un desorden psicológico: el síndrome de Angelita, usado para designar aquellos que dedican demasiado tiempo a soñar despiertos con cosas imposibles y escribir ligerezas en tiempos pesados. Lo del inodoro ya no parece tan mala idea, ¿cierto?

 

*PUBLICADA EL 4 DE SEPTIEMBRE DE 2011

 

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