Manual de supervivencia para asociales


Concert Crowd (Osheaga 2009) - 30000 waiting f...

Image by Anirudh Koul via Flickr

Mi esposo y yo fuimos a cine hace poco y de pura casualidad me topé con varias personas que conocí en mi juventud y, no queriendo ser grosera, empecé a hacer las presentaciones de rigor sólo para fracasar estruendosamente. El encuentro salió algo así:

-Hola, Juanita. Te presento a mi esposo, Jorge. Amor, ella es Juanita Gonzáles. Es diseñadora gráfica y trabaja para Norma. Ah, mira, y este es el marido de Juanita, Mauricio. Él es abogado y trabaja en la Fiscalía. Tienen la niña más linda del mundo. ¿Qué hay de Helena? Ya debe estar para entrar al colegio. Y, ¿cómo siguió tu papá? Supe que estaba enfermo…

A lo que Juanita respondió

-Mucho gusto, soy Ana. Mi novio, Esteban, es odontólogo. Mi ex esposo, Jairo, se quedó con la custodia de Manuel, que este año se gradúa de Ingeniería Química. Y de mi papá no sé nada desde que nos abandonó cuando yo tenía tres años, así que ni idea si ha estado enfermo. Disfruten la película…

Bueno, pues eso me pasa por tratar de pelear contra la naturaleza. Hace poco leí que el cerebro humano no puede almacenar más de 150 relaciones sociales a la vez (número de Dunbar) y por eso vamos olvidando personas del pasado a medida que incorporamos nuevos miembros a nuestro círculo social. Creo que en mi caso, el número de Dunbar es significativamente menor porque varios de esos 150 puestos se los he dado a mis amigos imaginarios… el caso es que soy un desastre social. Pocas cosas me asustan más que el prospecto de encontrarme con alguien que me conoce y cree que yo debería conocerlo. Las palabras “¿Por qué no has vuelto?” y “¿Al fin cómo te terminó de ir esa vez?” me generan pánico. Mi cerebro da vueltas y empieza el monólogo del asocial “De dónde la conozco. A ver, en el colegio éramos Acevedo, Aguilar, Ángel” y así hasta agotar inventario. En un punto era tan agotador que temí convertirme en hermitaña. Para evitarlo, resolví crear tres estrategias de interacción segura para los impedidos sociales.

La primera es el saludo con preguntas vagas, tipo “¿Cómo están todos por allá?” o, si me siento muy arriesgada, “¿Sigues en lo tuyo?” para terminar con un elegante  “rico verte, voy de afán, saludos a todos, en estos días paso”. Esto normalmente es suficiente, salvo cuando ocurre el temido encuentro con la ‘amiga de la familia’.

Esas amiguitas de toda la vida soy más peligrosas que un alacrán con alas. Casi siempre se llaman algo así como Magola o Teresita o nombres imposibles de fingir. Porque la segunda estrategia es hacer pesca milagrosa con los nombres (así como cuando uno no se sabe bien la canción y le pega a lasy terminaciones más comunes: ón, ía, on, ar, en. Casi todas las estrofas terminan en una de esas sílabas). Así, cuando uno se encuentra con alguien semi-conocido, le pregunta por Maria o Jose (Ojo, no María ni José) o la Chiqui o el Negro y casi siempre va a la fija. Pero no, con las amigas de la mamá no se puede acudir a los apodos genéricos.

En estos casos extremos entra la estrategia de urgencia: la parentela. Apostándole a la probabilidad, decidí que si alguien es de mi edad o menor, le digo ‘primis’; si es mayor, ‘tío’ o ‘tía’.

Y si nada de lo anterior funciona, no queda más que sonrojarse y decir el número mágico: 150. Basta con sonreír y decir “Lo lamento. Mi agenda de contactos mental está llena. Por favor, intente más tarde”

 

*PUBLICADA EL 13 DE JULIO DE 2008

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