Las vacaciones de antaño


Navidad

Image via Wikipedia

Se acercan las navidades, época nostálgica por excelencia. Este año en particular, la nostalgia me dio por las vacaciones.

Ahora, en otros países del mundo y hasta en otras partes de este país, las vacaciones podrán significar muchas cosas, pero en el Eje Cafetero significan una sola cosa: temporada en la finca.

Eso del mediterrané y los viajes a Cancún se verán en otras latitudes, pero para nosotros las vacaciones son en finca. No siempre en finca propia, valga la aclaración, pero familia calentana que se respete tiene, si no su terruño en las afueras, por lo menos un pariente que tenga.

El caso es que los recuerdos de mi niñez están plagados de escenas que seguramente se repetían simultáneamente entonces y están ocurriendo ahora mismo en cientos de fincas de recreo en todos los lugares de Colombia en donde haya potreros.

Ustedes recuerdan esos días. Eran los días en los que salirse de la piscina, siquiera por una hora para digerir bien el almuerzo, era una tortura. La piscina era el corazón de las vacaciones. Para empezar, los juegos de nado sincronizado, Marco Polo, escondite acuático, muestra de clavados y carreras (en modalidad con y sin relevos) tenían lugar allí. Además, el agua de piscina era esencial para hacer sopa de hojas de árbol de croto, té para beber en el juego de tacitas que trajo el Niño Dios y nos daba excusa para evitar bañarnos con agua fría. No hagan esa cara, el agua fría también eran parte de las vacaciones. Aún hoy no sé si era que no había calentador o si por ser niños no clasificábamos a agua caliente, pero no recuerdo una sola ducha de la que no saliera con los dedos azules.

Pensándolo bien, las duchas frías podían ser consecuencia de otra parte inexorable de las vacaciones: las insoladas. Mis hermanas, bendecidas por la genética con la suficiente melanina como para desarrollar piel bronceada que no se caía a pedazos como una variación solar de lepra, se echaban a tostar untándose sólo ungüento hechizo que no era más que aceite Johnson con una astilla de canela. Yo, en cambio, salía a enfrentarme al sol con una armadura helio-impenetrable que constaba de cachucha, camiseta y varias capas de protector solar de consistencia similar a la plastilina. Pero no importaba cuán armada saliera, el sol siempre ganaba y yo siempre terminaba como un camarón, por lo que cada noche traía consigo el ritual del baño de leche, pero de leche de magnesio Philips.

La  leche de magnesio podía ser lo primero que empacaba mi mamá, pero no era lo único. La ancheta farmacéutica la completaban el mertiolate, que era indispensable para los raspones en las rodillas de aprender a usar los patines en línea; el caladryl, porque eso de que uno desarrolla repelentes naturales después de un tiempo no funciona; sal de frutas, porque hay parientes que se ponen de creativos a intentar nuevas recetas con comida de mar comprada en una cigarrería en Santágueda; y, por supuesto, Menticol, que servía para todo lo demás.

Ah, el Menticol, ambientador de los show de magia, las comitivas, los juegos de escondite en vestido de baño, los globos, las idas a pescar, las matadas de marrano, los juegos de Lulo y Tute que duraban tres días y los maratones de mímica en los que todos hicimos trampa.

¿Se acuerdan de esos días? Eran los que olían a Menticol, sabían a cloro y sonaban a navidad.

Venga opine, deje la timidez...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s