Coser, tejer, desesperar.


Julia Hopson of Knit Wits, Penzance, Cornwall ...

Image via Wikipedia

Les voy a contar un secreto: soy retrasada manual. Mis abuelas, dotadas ambas de sobresaliente habilidad manual, lograron transmitirle sus respectivos talentos a sólo una de las tres hijas de mis padres (mi mamá tampoco salió favorecida en esa repartición y creo que el de ella fue el gen dominante en dos de los tres casos), dejándonos a la mayorcita y a mí a merced de diez dedos gordos. Admito sin pena que no coso, no tejo, no bordo, no pinto en seda, no cojo ruedos y no he salido ilesa de ninguna pegada de botón hasta ahora.

Nunca me había importado mi limitada motricidad fina hasta esta semana que por motivos de salud estuve guardando cama- como dicen las viejitas. Ocurrió que durante mi tiempo de reposo vi la noticia del terremoto en Italia y la nota sobre Maria D’Antuono, una mujer de 98 años que fue rescatada de los escombros y confesó que se distrajo durante las treinta horas tejiendo.

Yo ya estoy harta de ver televisión. Estar acostada está empezando a afectarme. Siento que el colchón y yo nos estamos fusionando y que pronto nadie podrá distinguir entre mi nalga y mi somier. Tejer me pareció una opción interesante así que fui al almacencito que siempre había ignorado, respiré hondo, invoqué a mis abuelas y entré.

Apenas vi a la niña que atiende, supe que estaba en problemas. Ella tenía de esos rostros que son puras aristas y su tez era de una palidez que sólo el vegetarianismo logra. Le dije que quería agujas. ¿Qué clase de agujas? Pues, las de coser. ¿Maya? Pues, no sé, ¿hay Inca o tal vez Azteca? ¿Crochet, dijo? Querrá decir ‘croquet’…Ceros risas, ojos blanqueados, suspiro impaciente. No sé qué quiero así que cometo el clásico error de principiante de comprarlo todo. Me acompleja la niña puntiaguda con su mirada sabelotodo y su manera de juzgar mi incapacidad de distinguir entre hilo y lana.

Llego al apartamento e intento canalizar el espíritu tejedor, detectar la fibra que contiene la memoria muscular o al menos tratar de acordarme de lo que decía Amandita (la profesora de costura del colegio) pero todo falla. Me enrollo la lana con tanta fuerza que se me pone morada la falangeta del dedo índice, me empiezan a sudar las manos y dejo empapada la primera carrilera y casi quedo tuerta en varias ocasiones. Decido que la maya no es para mí en intento el crochet. Esto es con una sola aguja así que tiene que ser más fácil. Además, la aguja está doblada al final para formar una especie de garfio, así que juego al Capitán Hook un ratico antes de empezar. El resultado es idénticamente desastroso, aunque estéticamente diferente. Esta vez he logrado hacer una bola de hilo compacta. Decido que logré tejer la primera bola de golf de la historia, guardo la costura y prendo la televisión. Al menos puedo manejar el control remoto… aunque en realidad no sé para qué sirven todos los botones.

 

*PUBLICADA EL 19 DE ABRIL DEL 2009 EN MUNDO MODERNO

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