El último vuelo de Plumón


Felices el día de mi boda con "El Culto", como le decía a Jorge.

NOTA INTRODUCTORIA:

Mi embarazo no fue fácil, como se darán cuenta leyendo algunas de estas columnas, y no quisimos contar hasta que supiéramos que todo iba a salir bien. Cuando mi abuelo murió el 20 de abril de 2009, yo tenía apenas unas semanas y no pude asistir a su entierro porque no podía viajar por la amenaza de aborto que había tenido, de la cual muy pocos sabían. Escribí este texto para que lo leyeran en su funeral. Fue publicado en el Diario La Tarde. Espero la disfruten y tengan una idea de quién fue este hombre maravilloso, a quien quise con todo mi corazón.

Cuando alguien ve de cerca la muerte y se le ríe en la cara lo suficiente, empieza a tratarla con algo de ligereza. Óscar Vélez le hizo el quite a eso de morirse una media docena de veces, y siempre volvía con un chiste nuevo. La última vez que estuvo hospitalizado, por ejemplo, nos dijo se había muerto pero que al Cielo no lo habían dejado entrar porque Pepita estaba en el Comité de Recepción, y que del infierno lo echaron porque los amigos (El Loco Giraldo, Alfonso López y Virgilio Barco) dijeron que él se les tomaba todo el traguito. Parece que a alguien finalmente se le ablandó el corazón. O tal vez logró llevarse una botella de whisky de contrabando y la usó para sobornar a los guardias. El caso es que ya llegó y ahora el Cielo sí se puso bueno porque si había alguien capaz de tomarle el pelo a Dios, era él. Porque eso sí, mamagallista como él sólo.

Nadie cruzó palabras con Plumón sin quedar con una historia para contar. A todos nos hizo alguna: al periodista Daniel Samper Pizano lo convenció de que las piñas eran subterráneas y que cuando uno metía la mano en la tierra y se chuzaba, ahí había una piña; a una secretaria del Senado -que como la mayoría de los humanos no le entendía ni pío de lo que decía- la convenció de que entraba en trance y hablaba en lenguas; en un viaje a Europa convenció a todo el mundo que era de la Realeza Colombiana y se hizo llamar Conde de Marulanda durante varios días. Y esto es sólo la punta del iceberg. Era un tomador de pelo consumado, con una extraordinaria combinación de humor del más fino, vergüenza de la más escasa y la risa más contagiosa del mundo.

Rió e hizo reír, vivió intensamente, de día y de noche, sin remordimientos ni ataduras gozándose todos sus vicios y virtudes. Fue infaliblemente generoso, irremediablemente coqueto, decididamente optimista, bromista descarado, lector voraz, escritor talentoso, orador prodigioso (nadie le entendía, pero eso era parte de su encanto) goloso hasta el último día e hincha furibundo del Deportivo Pereira y del Real Madrid.

En la política se distinguió por ser encantador en la derrota y magnánimo en la victoria y sobre todo, Liberal. Orgulloso del Partido, comprometido con la región y enamorado de Pereira. Pero de la política, que se encarguen otros.

Yo quiero hablar de mi abuelo, el que escondía torta debajo de la cama y me levantaba a la media noche para que hiciéramos trampa juntos porque siempre nos tenían a dieta; el que le juraba a mi abuela que sólo se tomaba dos dedos de whisky (y levantaba el índice y el meñique mientras nos picaba el ojo a mis hermanas y a mí); el que nos hacía poner rojos porque le decía a las visitas “bueno, o se van o se entran pero esta despedida está muy larga” o “¿no trajeron sino una tortica? Como tacañitos, ¿no?”

Porque es que, en cuanto al dulce, nunca era suficiente. Alguna vez alguien cometió el error de decirle “Óscar ¿quieres milhoja o pastel” a lo que él respondió “¿cómo que ‘o’? Quiero milhoja Y pastel.”  Valga la aclaración: él era comelón, no gourmet. Le encantaban las salsas y los aderezos, a tal punto que hizo combinaciones tan aberrantes gastronómicamente como pizza con salsa ranchera y tamal con salsa de ciruelas. Ningún plato se escapó de ser ‘mejorado’ por pique, mostaza, mermelada o cualquier otra cosa que tuviera a la mano. Y todo, TODO, sabía mejor con arequipe por encima.

Su amor por el dulce, el trago y las mujeres lindas lo llevaron a vivir sin reservas pero a pesar de sus excesos, nunca lo oímos hablar mal de nadie, y había mucho qué decir. Le robaron, lo traicionaron, lo abandonaron y a todos los perdonó, y a los que quisieron volver, los recibió. Siempre nos dijo “en la política no hay amigos, hay aliados. Las alianzas se pueden acabar, pero eso no significa que la amistad no pueda seguir.”

Esa lealtad feroz explica por qué le han hecho tantas condecoraciones, honores, menciones, por qué siempre había alguien en la oficina de él en el centro, tomándose un tinto y echándose un cuento. En la calle la gente lo paraba y le decía “Doctor, usted no sabe quién soy pero gracias a usted yo pude estudiar” o “Usted no se acordará de mí pero yo trabajé en una campaña suya”. Pero sí se acordaba, de todos. Les decía por el nombre, les preguntaba por la familia y les encimaba alguna anécdota.

Esa memoria prodigiosa, esa mente brillante y esa chispa inigualable nos hacían decir, cada vez que se enfermaba el abuelo “No se preocupen que Plumón nos va a enterrar a todos.” Y cada que se aliviaba nos decía cómo quería que fuera su entierro. Insistió en que quería mariachis, nos instruyó que no fuéramos a llorar y pidió que lo enterráramos al lado de la abuela Pepita para poderla molestar durante el resto de la eternidad.

Esta semana con mucha tristeza nos tocó darle gusto. Lo pusimos a descansar junto a Pepita (aunque realmente ahora no va a descansar ninguno de los dos) porque este lunes tanta vida y tanto vivido finalmente desbordaron el cuerpo que lo contenía y por eso lo descartó como un traje viejo con demasiados remiendos. La muerte lo alcanzó al fin. Pero para dicha de todos lo cogió con Buchannan’s en la sangre y tinta de periódico en los dedos.

Centenares de personas se reunieron para darle un último adiós y no hubo lagrimal que quedara invicto. Como prueba del cariño sincero que le tenían al abuelo, a pesar de que había varias docenas de políticos reunidos, nadie hizo campaña y no se mencionó la reelección ni una sola vez.

Todos sentimos el vacío, que tardará generaciones en llenarse. Creo que fue Emilio Loboguerrero Álvarez el que supo poner en palabras lo que los demás estábamos pensando. Le dijo a mi mamá que él iba a hacer un tobogán de nubes para que Óscar pudiera volver a visitarnos. Ojalá Emilio lo logre, pero mientras tanto démosle la despedida que quería. Toquen, mariachis, toquen que él sigue siendo el rey. Nada de lamentos y nada sufragios. Sólo un brindis: ¡Por Plumón!

5 comentarios en “El último vuelo de Plumón

  1. Sue Valencia dijo:

    Wow… qué tesoro tan grande el que ha dejado como legado tu abuelo, qué increible. De esos hombres que definitivamente dejan huella en cada persona con la que se topan. Y tu, querida amiga, hacer honor a todo eso que él dejó atrás: tu ingenio, tus letras, tu corazón y todo lo que desbordas en estos espacios.
    Gracias por compartir este texto, realmente es un privilegio leerte. Abrazos!

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