Calzones bien puestos


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Image via Wikipedia

Parece sencillo al principio. Nuestras madres, abuelas, profesoras de religión y protagonistas de libros y películas pro-virginidad nos dicen que siempre digamos que ‘no’ y listo. Esto funciona durante un rato pero llega un momento, o mejor, una edad (digamos, del tercer piso en adelante) en la que “mi mamá no me deja” deja de ser una opción viable. Para muchas mujeres de generaciones anteriores este dilema es una novedad. Una amiga de mi mamá me dijo alguna vez que se casó por el motivo más noble del mundo: quería tener sexo. Afortunadamente para mi generación, esta tampoco es ya la única opción viable.

La liberación, sin embargo, trajo consigo el problema de que los hombres saben que un podría hacerlo, pero aparentemente no han entendido que uno no siempre quiera. Una amiga mía está justo en ese parangón en estos momentos. Me llamó hace un rato y me dijo “oiga, un amigo me lo acaba de pedir y no sé qué decirle”. Mentiría si dijera que esta escena me es familiar. Para empezar, estoy casada y antes de casarme tuve el mismo novio durante 6 años y además, no nos metamos mentiras, antes de eso tampoco era que tuviera que espantarlos con un bate. Pero sí sé a qué se refiere. Bien sea que uno quiera decir ‘sí’ o ‘no’ uno nunca está preparado.

Pero deberíamos estarlo, nosotras las mujeres modernas de YouPorn y vibrador pero aunque la idea de la posibilidad es atractiva pero la realidad de la concreción asusta, y harto. “Gracias pero en este momento no estoy buscando una relación” funciona cuando le están pidiendo el cuadre –cosa que, a propósito, ya nadie hace- pero cuando la solicitud es de otra índole a veces uno no sabe qué decir. Sobre todo cuando, en el caso de mi amiga, la petición no proviene del borracho en el bar a quien uno despacha con decirle “no estoy lo suficientemente borracha para que me parezcas atractivo”. Se trata de un conocido, un amigo, alguien a quien no quiere herir pero tampoco complacer y un sincero “mira, te valoro pero no te quiero ver empelota” no será apreciado. Pero tampoco puede uno caer en la trampa de darlo por pena a decir que no lo quiere dar.

El sí no es menos complejo. Para empezar, toda la preparación fue fiel a la parábola de la rótula tiesa. Nadie nos enseñó cómo decir que sí. Recuerdo una vez que al fin el que me gustaba me invitó a salir y me trató con absoluto respeto sin tener idea de que yo lo que tenía era unas ganas de que me irrespetara. Pero ahora, si uno dice que sí ahí mismo, es fufu pero si se demora, es puritana y si lo piensa se está haciendo la difícil pero si no es que es bandida… francamente a veces la angustia de la aceptada le quita mucha diversión a la dada.

Quién creyera que el paso más importante después de pasar de los pañales a los calzones es saber si quitárselos o dejárselos puestos. Y eso que no hemos hablado del temido “¿cómo te pareció?” ni la llamada al otro día. Pero ese es tema para otra columna.

*PUBLICADA EL 20 DE JUNIO DE 2009

Un comentario en “Calzones bien puestos

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