Crónicas sub-umbilicales


Mucho se ha estudiado, dicho y escrito sobre la infertilidad pero yo he encontrado la mejor cura: basta tener un ginecólogo que le diga a  uno que no puede tener hijos y ¡listo! ¿Prueba de ello? Estuve donde mi médico en marzo de este año y le dije que mi esposo y yo queríamos tener hijos, pero él muy escéptico me respondió que no veía fácil que yo quedara encinta. Su único consejo fue que quedaría en embarazo más fácilmente si mi esposo usaba bóxers en lugar de calzoncillos apretados. Pues resulta que lo que realmente funciona es que no use ninguno de los dos porque ahora tengo un inquilino debajo de mi ombligo.

Supimos ayer que el que me ha estado pateando es un varoncito que desde hace seis meses ha transformado mi vida de maneras que jamás sospeché. Para empezar, desde que mi papá y mi esposo anunciaron la noticia en sus respectivos Facebook, mi cuerpo se ha convertido en tema de debate público. Gente que nunca me había notado un nuevo corte de pelo de repente se me arrima y me pregunta “¿Te han dolido los pezones? ¿Has estado estreñida? ¿Te salieron muchas estrías? ¿Cada cuánto estás orinando?” y similares. De repente, cómo, cuándo y cuánto hago es interesantísimo. Y mi barriga… ¿cuándo se volvió propiedad comunal? Gente que nunca he visto en la vida se acerca y me soba, dándome un complejo de Buda terrible. Me dan ganas de confeccionar una correa de alambre de púas para desalentar a los sobadores. La gente que me conoce vaya y venga, pero señoras que en la vida aprovechan para usarme como elemento de utilería en su explicación de cómo los papás les plantan un semillita a las mamás e instruyen a sus hijos “toca que ella tiene un bebé en la barriga”. Como sociedad creo que deberíamos tener una regla: salvo que usted sea la persona que puso el bebé en mi barriga o la que va a sacar el bebé de mi barriga, no toque el bebé en mi barriga.

Y no falta la pregunta sobre los antojos. Tengo sólo uno: los hombres queden en embarazo porque definitivamente no entienden. El día que desaparecieron mis pies Jorge intentó decirme que estaba hermosa. Señaló que todas las personas que nos veían me miraban la barriga me sonrían. “Es porque saben que llevas dentro el milagro de la vida” dijo. “No, mi amor” corregí “es porque estoy más gorda que ellos”.

La verdad es que hay varias reglas que creo que le faltaron a Carreño sobre la etiqueta apropiada cuando de maternidad se trata (claro, era hombre). La gente necesita entender, por ejemplo, que contarle cómo le voy a poner a mi hijo no es una invitación a opinar sobre el nombre que hemos elegido. Asimismo, ‘no sabemos qué es’ no es juego en el que la gente intenta adivinar basándose en el tamaño, la forma o la posición de barrigas anteriores. Y, finalmente, comentarios como “no se te nota porque como estabas gorda desde antes” o “con esas caderas seguramente va a ser un parto fácil” se multan con pañales.

 

* PUBLICADA EL 30 DE AGOSTO DE 2009 EN MUNDO MODERNO

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