El maestro dolor


Hay días en los que me siento profundamente orgullosa de ser humana y me maravillo con los adelantos de la ciencia. Hay días en los que me parece increíble cuánto hemos avanzado y me llega de alegría saber que mi hijo nacerá en un planeta poblado por mentes tan brillantes. Lamentablemente, hoy no es uno de esos días.

Hoy es un día en el que siento que todos los Homo sapiens deberíamos, colectivamente y al unísono, darnos una palmada en la frente y sacudir la cabeza en franca desesperación. Hoy me enteré de la propuesta experimental de Adam Shriver, un filósofo de la Universidad de Washington, quien afirma que la manera de eliminar el sufrimiento de los animales maltratados es, oigan bien, crear animales genéticamente modificados para que no sientan dolor.

A ver. El problema no es que sientan dolor. El problema es que alguien se los está causando. ¿No estaría mejor invertido el tiempo y los recursos de los científicos si buscaran una manera de sacrificar animales que fuera menos cruel? No estoy abogando por el vegetarianismo, que me parece problemático tanto a nivel moral como gastronómico. Admito que esta columna dista un poco mi repertorio cómico usual pero esta noticia me impactó y no quiero pasarla por alto. Tal vez sea porque tengo afán de que el mundo mejore de aquí a noviembre para que mi hijo nazca en un lugar mejor pero me parece que eliminar el dolor en la recepción es como decir que la solución a la infidelidad es hacer que a la gente no le importa que la pareja le ponga los cachos. Y escribo esto sabiendo que como madre querré evitarle dolor a mi hijo siempre que pueda pero nunca le quitaría la capacidad de sentir dolor porque eliminar cualquier sensación es el primer paso a volvernos insensibles.

Creo que Shriver se está fijando en el extremo errado de la ecuación del dolor. Me recuerda una tira cómica de Quino en la que Mafalda y Susanita van por la calle y ven un indigente. Susanita dice lo mal que se siente al verlo y Mafalda le contesta que deberían hacer algo para obtener fondos para ayudar a los pobres, a lo que Susanita responde “¿Para qué todo eso? Basta con esconderlos…”. La raíz de mi indignación –y espero que alguien la comparta- es que la noción de eliminar el dolor es semejante a esconder lo que no queremos ver. Cambiamos el canal cuando muestran niños desnutridos, miramos hacia otro lado si vemos un perro atropellado en la carretera, nos hacemos los locos cuando oímos una mala noticia. Pensamos que si no nos duele, no está pasando.

Volvernos más insensibles al dolor no es la solución. Causar más, tampoco. Está bien que nos duela y que no queramos que nos duela más, que hagamos algo para detenerlo. El dolor es respetable y en muchos casos, es un mensaje importante que debe ser atendido. El dolor puede ser un gran maestro. Claro que falta ver qué tan didáctico me parece después de las primeras contracciones…

 

*PUBLCADA EL 13 DE SEPTIEMBRE DE 2009 EN MIUNDO MODERNO

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