Una verdadera historia de horror


Me encanta el Halloween. No sé si es la posibilidad de manifestar físicamente las fantasías que en cualquier otro momento serían inapropiadas o la libertad de dejarnos asustar sólo un poco. Probablemente sean los dulces.

Este año, dado que no puedo comerme NI UN dulcecito y mi estado me impide ir a fiestas (hubiese querido divertirme con mi barriga disfrazándome de Yupis “con el muñequito por dentro”, o de piñata con “llena de sorpresas” o haberme puesto una camiseta que dijera “recuerdas una noche en un bar hace ocho meses…”) me dio por la nostalgia, recordando la vez que mi papá dibujó a mano alzada una réplica exacta de Tucan Sam para disfrazarme de caja de Froot Loops o cuando mi mamá convirtió una piyama sexy en un traje de hada.

Ya estaba al borde del abismo de la autocompasión pensando que este iba a ser el peor Halloween de mi vida cuando recordé el Festejo del Día de los Disfraces Políticamente Correctos de mi amiga Apple (he cambiado el nombre para proteger su identidad). Hija de sociólogos, con su muñeca guatemalteca artesanal y mochila terciada llena de galletas de sorgo germinado y tofu ya era un blanco fácil. Pero en Halloween se convertía en un caso trágico. En un mar de mujeres maravilla, hombres araña yacía Apple con su traje de líder comunitaria, de sufragista inglesa o de revolucionaria bolchevique.

¡Pobre Apple! Quería ser princesa, pero sus padres hablaban horrores de la monarquía; punk, pero la estética mecano-industrial estaba prohibida en su casa porque estaba implícita la deshumanización de los obreros; Barbie pero lo más cerca que llegó fue Eva Perón.

Un año, luego de infinitos sollozos, logró convencer a sus padres de que hicieran una fiesta de Halloween en su casa. Aceptaron aunque estaban radicalmente en contra de la premisa de la explotación comercial del culto a los difuntos y decidieron hacer una fiesta a su manera.

La cosa empezó mal. Nos recibieron con uvas pasas, dátiles y bombones de semilla de girasol con melaza orgánica. En vez de dejarnos jugar vaqueros contra indios nos pusieron a hacer una fogata de comunión entre colonos y nativos. A la hora de ir a pedir dulces a otras casas, nos prohibieron mendigar (había gente que no tenía otra opción) y en su lugar nos hicieron entregar tarjetas dibujadas sobre papel reciclado a quienes nos abrieran la puerta. Fue una pesadilla para todos, pero sobre todo para Apple. Jamás se repuso ni psíquica ni socialmente de ese incidente y lo último que supe fue que puso un alquiler de disfraces en los bajos de una tienda naturista.

El recuerdo del Halloween PC aún fresco en mi mente juré que este bebé nunca padecería humillación semejante. Claro que no tengo de qué preocuparme… Jorge le compró una mini espada láser y una camiseta de Star Trooper (Guerra de las Galaxias, para los no iniciados) apenas supo que estaba en embarazo.

* PUBLICADA EL 31 DE OCTUBRE DE 2009 EN MUNDO MODERNO

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