La reinvención de los ochenta


Hay algo que me lleva molestando varios meses y quiero quitarme este peso de encima (ya que nada que se me quita el otro peso que llevo encima –ya saben, el de la barriga). Se trata del reencauche ochentero protagonizado por la actual cosecha de adolescentes. Aparte de que me molesta estéticamente ver las calles de nuevo llenas de cortes asimétricos y jeans pitillo con baletas, me irrita la irreverencia con la que estos muchachitos y muchachitas se creen el cuento de que son los más vanguardistas cuando en realidad no son más que copietas que llegaron dos décadas después.

Se creen muy originales con el copete alborotado y no sé cómo lo llamarán porque no saben quién es Alf, se juran los más ‘malos’ porque tienen el pelo parado tipo punk y pintado de colores y sienten que se inventaron la rebeldía porque descubrieron que a las chaquetas de cuero se les pueden poner taches y cremalleras. ¡No están en nada! ¡Mi generación fue más desaliñada! Y además, fuimos inconformes estéticos primero. La ira que me da ver camisas de un solo hombro color turquesa con cinturón de remaches no es nada al lado de lo que me produce que una pubescente con demasiado delineador crea que es la primera en lucirla.

Es que definitivamente mi generación sí supo ser rebelde. Nosotros fuimos súper originales, sobre todo en los noventa. Recuerdo que en esa época estudiaba administración ambiental, me ponía faldas largas, tenía cuarzos, usaba falda larga y boina y mi novio de la época tenía una camiseta del ‘Che’ y…esperen un momento. Estoy teniendo un ‘flashback’ como en las películas, con recuerdos de nubecita con bordes difuminados y todo:

Tenía 16 años y era por lo tanto infinitamente sabia. Mi madre cuarentona en cambio no sabía nada dado que nunca había sido joven pues como todas las mamás había nacido agitando el dedo índice y alegando por todo. Estábamos en la cocina el día después de mi cumpleaños y vio el dije (símbolo de la paz) y el cd (The Beatles) que mi novio ultra moderno y alternativo me había regalado. Los admiró y murmuró algo que no entendí y le contesté en tono condescendiente, segura de que ella no captaba el nivel de lo ‘cool’ que yo era. Y entonces ocurrió algo sorprendente: mi mamá subió a su alcoba y regresó con un disco en acetato autografiado por Ringo Starr y una cadena con un dije de símbolo de la paz. “Si te gustan tanto las cosas ‘retro’, te las regalo. Yo las usaba cuando tenía tu edad”. No lo podía creer. No sólo mi generación no se había inventado el ‘hippie-chic’ sino que, además, mi mamá tenido, alguna vez, mi edad.  Me parece verla, de cabeza ladeada, enternecida con su pichón de hippie. Y heme aquí, años más tarde, reclamando la autoría de una dudosa moda. Temo que eso de volverse mamá empieza mucho antes del parto… no me falta sino perfeccionar el “haga lo que se le dé la gana” y el fruncido de labios y quedo lista.

PUBLICADA EL 22 DE NOVIEMBRE DE 2009 EN MUNDO MODERNO

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