Alabado sea el madrazo


Me considero una persona con un vocabulario nutrido. Elijo mis palabras con cuidado, procurando que cada sema sea oportuno y preciso. Me enorgullezco de la selección de los adjetivos, empleo con cuidado los adverbios, mido cada verbo y cada sustantivo que incorporo a mi locución y escritura. Y presto especial atención a las groserías.

Quiero aclarar con que no me considero lo que mi abuela llamaba “boquisucia”, pero sí, uso groserías cuando las siento necesarias. No las despilfarro por ahí, usándolas para evidenciar una falta de creatividad o conocimiento. No las uso para reemplazar palabras que serían más eficaces en la transmisión de los mensajes, no las tengo como estribillos ni muletillas que se deslizan de mi lengua sin darme cuenta siquiera. Para nada. Siento el más profundo y cariñoso respeto por cada ¡#$%=)#/”! y me enerva la gente que se esconde detrás de la tergiversación sonora para evitar encarar la decisión del madrazo. Hijuemíchiga, juepuchis, juepuerca, juelita, miércoles (cuando no es el día), mierdosky, culimbis, marichis, malparado y carachas me parecen cobardes intentos por disimular algo que no amerita disimulo. Las palabras son creadas por los humanos, luego temerles es tontería. Es como hacer un dibujo del ‘coco’, colgarlo en el cuarto y luego tener pesadillas con él.

Lo bueno es que, como en tantas otras ocasiones, la ciencia me ha dado la razón en este respecto. Resulta que ‘mentar la madre’, como dicen las abuelitas, no sólo no debe avergonzarnos –cuando se hace bien- sino que alivia. Sí, así es, maldecir responde a un instinto. Es en serio, según los investigadores británicos de la Universidad de Keele, un hijueputazo a tiempo no sólo sirve para que el cuerpo lidie mejor con el impacto del dolor sino que ayuda al cerebro a resistir más y sentir menos incomodidad. En otras palabras, cuando a uno se le enreda el dedo chiquito del pie en la pata de la cama a las tres de la mañana, es el INSTINTO el que nos lleva a proferir esas palabras mágicas “camatetrahijuputademierda” como una encantación sanadora, como un mantra purificador, como un bálsamo para el alma (y el dedito).

Fíjense ustedes. El poder catártico del lenguaje y el cableado neurológico que busca evitar o al menos minimizar el dolor han evolucionado de la mano, partiendo del primitivo grito animal, pasando por el ingenuo “ayayay” de los niños hasta crear la colorida paleta de palabrotas que ahora tenemos. Así que invito a que unos unamos en torno a las groserías: los excesivamente prudentes, libérense un poco y lancen un improperio al aire; los excesivamente vulgares, usen con mejor criterio estas consoladoras invocaciones. Viviremos en armoniosa y sonora felicidad cuando veamos que  nuestra salud mental, emocional y social depende en gran parte del buen uso de las malas palabras.

 

PUBLICADA EL 8 DE NOVIEMBRE DE 2009 EN MUNDO MODERNO

 

 

Un comentario en “Alabado sea el madrazo

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