En la mira y quienes miran


PUBLICADA EL 2 DE FEBRERO DE 2010

Mucho revuelo causó esta semana la noticia generada en las oficinas del banco Macquarie Private Wealth de Sydney, más específicamente la pantalla del computador de uno de los empleados, David Kiely, quien disfrutaba de las hermosas curvas de una modelo ligera de ropas al tiempo que un colega suyo daba una entrevista televisiva. Las cámaras del programa registraron todo, desde la modelo semi-viringa hasta la cara de preocupación de David cuando se dio cuenta de lo sucedido. El video terminó en Youtube, como era de esperarse, y fue visto más de 200,000 en menos de una semana y el incidente dividió a los australianos en dos bandos: los que pedían la cabeza de David y los que, encantados con ver el lado humano de los banqueros, clamaban por perdonarlo. Incluso un portal de finanzas (news.hereisthecity.com) se unió y puso una página titulada “Salven a Dave” para que la gente enviara mensajes electrónicos a la gente del Banco.

Dejemos a Dave a un lado por un momento y enfoquémonos hacia el que estaba haciendo algo discutiblemente indebido pero con la expectativa de privacidad. Recuerden que hace poco en el país tuvimos una serie de incidentes relacionados con imágenes de blackberrys, fotografías de dibujos elaborados en el revés de los individuales de los restaurantes y grabaciones de teléfonos chuzados. No disputo que tengan valor social y noticioso dichos contenidos, pero  pregunto ¿a qué horas puede un ser uno mismo?

Fíjense por ejemplo en la película “Danzando con Lobos”. Fue todo un éxito pero si los indígenas hubiesen encontrado a Kevin Costner cinco minutos antes, el filme se habría titulado “Limpiando con hojas”. Lo que quiero decir es que todo depende del momento en el que te atrapen. El humano promedio tiene ratos buenos y malos. Algunos son muy afortunados y hay una cámara a la mano justo cuando ayudan a una viejita a pasar la calle o le regalan un juguete a un niño o rescatan un gato de un edificio en llamas, y otros son de malas y la hay cuando escupen en el andén, se acomodan los calzoncillos o se escarban la nariz. Todos hemos hecho cosas heroicas y de vez en cuando cosas que preferiríamos mantener en secreto –o en discreto- y nadie sale ganando cuando señalamos a alguien porque fue público su comportamiento privado.

El incidente terminó del banco se resolvió favorablemente para todos: Dave  pudo conservar su puesto; la modelo Miranda Kerr es ahora más popular; la revista GQ, que es la que tiene las dichosas, aumentó sus ventas; y hasta el Banco obtuvo un montón de publicidad gratis.

Pero en medio de todo no puedo evitar pensar un poco en George Orwell y su Gran Hermano (¿pensaron que el original era el de la tele). Tal vez hemos llegado a ese punto en el que siempre estamos vigilados por alguien. En ese caso, me parece que a Gran Hermano le falta un poco de sentido del humor.

 

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