Vanidad vs Maternidad


PUBLICADA EL 21 DE FEBRERO DE 2010

¿Han oído esa canción “despeinada jajá, jajá, jajá…”? Bueno, pues yo podría posar para la carátula del disco. Mi pelo, que usualmente tiene un corte discernible y luce bien peinado, con secador y productos acordes –gel para esculpir, espuma para volumen, cera para textura- está ahora con el ‘look’ tipo “nies”: ni es largo ni es corto. Además, hace rato que no me hago ni rayitos ni enjuagues ni mascarillas capilares (con mi receta patentada de aguacate, ron, sábila, huevo y extracto de vainilla que mis hermanas y yo nos echamos durante todas las vacaciones). No nos metamos mentiras, desde que nació Matías ni siquiera me peino.

Pero mi pelo no es el único que ha sufrido. He sido vanidosa desde niña y lo confieso sin pena pero desde que soy mamá, lo más cerca que he llegado a hacerme una mascarilla es cuando Matías me escupe el tetero encima. Mi piel, que ha sido siempre fuente de orgullo para mí pues la cuido con rituales de aseo y mimos y masajes frecuentes, está medio olvidada. ¡Yo! Que invertía sumas importantes de mi quincena en comprarme cuanto menjurje (mi Word cree que esta palabra se escribe ‘menjunje’, pero ustedes y yo sabemos que no es así) vendían para la cara, el cuello, el pecho, los codos, el contorno de los ojos… bueno, ya tienen la idea.

Mis manos, acostumbradas al manicure semanal, lucen ahora uñas de soldado porque cuando uno tiene un hijo que asume como un reto cada pañal limpio, no puede tener uñas largas.  Mis cutículas parecen estar preparando un golpe de estado y tengo tantos uñeros que parece como si mis uñas se estuvieran reproduciendo por división mitótica. Mis pies, que alguna vez fueron de princesa sin callos ni resequedades, que me los admiraban en playas y piscinas y me permitían usar chanclas de dedo con ostentosa frecuencia, ahora parecen pezuñas. En serio, en caso de peligro podría escalar una palmera.

Y ni qué hablar del perfume. Me encantaba oler rico. Mi esposo me regalaba perfumes de Navidad y de cumpleaños y tenía lleno de frasquitos el baño… y ahora, huelo a queso y donde alguna vez hubo Chanel y Dior hay crema para la pañalitis y un dispositivo chupamocos para bebés.

Ya ni siquiera me queda tiempo para los cuidados básicos como lavarme los dientes. Claro, me los lavo, pero no después de cada comida como antes, sino por allá a las cuatro de la tarde o a las 12 de la noche o algo así, y la seda dental es un lujo. Además tengo los ojos rojos, los labios resecos (y bigotudos, pero no digan nada), las cejas como gusanos que acaban de recibir terapia de electro-choque, las piernas como si estuvieran cubiertas por alambres de púas, las canas alborotadas, los poros abiertos…

Definitivamente, he concluido que la vanidad y la maternidad son incompatibles y que una de las dos termina acabando con la otra. En mi caso, la vanidad perdió y sinceramente, no podía estar más desarregladamente feliz.

Venga opine, deje la timidez...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s