Lecciones de masculinidad


 

PUBLICADA EL 2 DE MAYO DE 2010

Ya empezó. La verdad, no pensé que fuera tan rápido. Me imaginé que se tardaba un poco más, que requería más entrenamiento o que tenía como prerrequisito que se sentara solo, pero no: Matías no tiene ni cinco meses y ya se marranea el control remoto del televisor. Increíble.

Debí haber sabido, desde cuando lo oí soltando gases como el Galeras, que eso de ser hombre arranca desde bien temprano. Creí que era algo que se enseñaba, pero al parecer eso de agarrar el control remoto y no compartirlo, ‘babiar’ las almohadas y chillar cuando se les acaba la bebida, viene pregrabado en el disco duro de los modelos XY.

Todo esto es nuevo para mí porque como somos tres hijas, nunca tuve contacto con los hábitos del macho silvestre.  Sólo ahora, comparando notas con otras amigas casadas, me he percatado de que lo que creía era sólo cosa de mi papá o mi marido, es en realidad común a casi todos los hombres.

Por ejemplo, pareciera que hay un gen que les impide a los hombres reemplazar el rollo de papel higiénico viejo por uno nuevo. No entiendo cómo ni por qué esta tarea les resulta tan enigmáticamente imposible de realizar, pero es universal la queja. Esta tara debe la responsable del SDDM, Síndrome de Discapacidad Doméstica Masculina, cuyos síntomas son la incapacidad de poner la toalla de manos bien puesta luego de secarse con ella,  bajar la tasa del inodoro, recoger la toalla mojada del piso y comprender la diferencia entre cucharita para revolver el azúcar y cucharita de postre.

Otro gen debe gobernar la falta total de control de emisiones gaseosas y la carencia absoluta de vergüenza de dichas emisiones, que parece ser parte del paquete básico Hombre 101. En lugar de pena vienen con el impulso de vanagloriarse cuando moscas caen en pleno vuelo y plantas se marchitan luego de una expulsión particularmente ofensiva.

Otra característica que he notado es común a todos los XY (mi hijo aún no la ha exhibido, pero mi sobrino sí) es la de acomodarse constantemente el menaje. Por razones que me desconciertan, no sólo no disimulan sino que anuncian cuando algo se les desacomoda y despliegan fuerzas como si la entrepierna fuera la playa de Normandía.

Además, tienen la manía de rascarse,  olerse e inspeccionar con asombro casi científico todo líquido o sólido que les salga de cuanto orificio, pliegue o apéndice tengan, y como si fuera poco emiten toda clase de ruidos, gruñidos, ronquidos, silbidos y estallidos. Alguna vez oí a alguien decir que el cuerpo femenino era una obra de arte, mientras que el masculino era como un jeep: sirve para llevarlos de un lugar a otro pero no es lo más estético del mundo.

No sé si la cosa sea así de grave pero mientras contemplo a mi Jeepcito, me pregunto cuándo dejará de ser esta criatura angelical para convertirse en un hombre. Parece que no tardará mucho. Ya empezó por robarse en control remoto…

 

Venga opine, deje la timidez...

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