Al rescate de la lentitud


PUBLICADA EL 27 DE JULIO DE 2010

Queremos velocidad. Queremos comida rápida, carros rápidos, descargas rápidas, filas rápidas, carriles rápidos, aviones rapidísimos, hornos que cocinan un pavo congelado en 2 minutos… pareciera que últimamente, lo único que queremos hacer lentamente es envejecer. Hasta la lectura se ha visto presa de esta fascinación por el ‘ya’, con institutos prometiendo enseñarnos a leer embalados. Reconozco que caí en la trampa, seducida por la posibilidad de leerme ‘Fausto’ por la mañana y ‘Ulises’ por la noche. Pero la verdad es que, tanto en la lectura como en muchas otras cosas, más veloz no siempre es mejor.

Por fortuna hay quienes luchan por rescatar la lentitud. Thomas Newkirk, Joe Miedema y Carl Honoré son sólo algunos defensores de la parsimonia como estilo de vida  y con ellos creo que he encontrado mi nueva filosofía. La llamaré “Lentismo”.

La verdad es que hay cosas que están hechas para se disfrutadas sin prisa. Una buena trufa, por ejemplo, es algo que no se puede afanar. Tampoco se puede acosar una buena sopa y afanar una buena siesta no tiene sentido. Creo que debemos empezar a dar cabida a la opción “slow” para muchas cosas. Ya es famoso el movimiento de la comida lenta, y poco a poco ha cogido fuerza el de la lectura lenta.

Esta última me parece importantísima porque todo buen lector sabe que hay frases que exigen cerrar el libro y los ojos y permitir que las palabras asienten en el cerebro. A veces hay que dar una vueltita para digerir apropiadamente algunas; hay otras que exigen bajativos como té o chocolate caliente. Hay tramas que requieren maduración; a veces uno sabe lo que va a pasar pero no está listo, y todos los que hemos amado un libro hemos sentido el dilema de leer rápido para saber qué pasa o despacio, para que nos dure el libro. La verdad es que la lectura – la rica, la lenta- tiene todo el protocolo de un ritual sagrado, y el resultado a veces puede ser igual de enaltecedor.

Pero no sólo la lectura aguante desaceleración. Me parecería rico que tuviéramos, por ejemplo, un carril lento en las carreteras para quienes quieren ver el paisaje, tomar una fotico o parar a comprar panderos al borde de la carretera. Podríamos tener un andén lento para la gente que quiere salir a ‘vitriniar’ y conversar disfrutar de la ciudad.

Y las relaciones humanas sí que se beneficiarían con algo de velocidad. Esta noción Hollywoodense del amor a primera vista, el sexo a segunda vista y el matrimonio sin siquiera echar un vistazo está acabando con el amor. Y el sexo. ¡Y el matrimonio! Y ni siquiera hablemos de los embarazos Express en donde la mamá programa el nacimiento a las 36 semanas porque “ya se aburrió” de andar con el bulto.

Son muchas las cosas que se beneficiarían con una dosis de lentismo. Ojalá lean este artículo lentamente para que entiendan rápidamente que tienen que apurarse y desacelerar.

 

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