Los lenguajes olvidados


PUBLICADA EL 8 DE AGOSTO DE 2010

Hay un poema de Shel Silverstein que empieza “Alguna vez hablé el idioma de las flores, alguna vez entendí cada palabra que decía el ciempiés…”. He tenido muy presente ese poema en estos días porque mi sobrino Emilio ha empezado a mostrar unas habilidades políglotas realmente excepcionales. Hace poco me contó que hablaba perro, garrapato, balleno y bebé –él es el traductor oficial de Matías- y que estaba tratando de aprender un poco de Culebro por si lo llegase a necesitar (y dado que en la finca de mi papá y mi mamá las visitas de los amigos ofidios son frecuentes, tal vez sea así)

El caso es que la poliglotía de Emi me ha recordado que alguna vez yo también hablé ardillo, sapo y rano (son diferentes, aunque de la misma familia lingüística, como el español y el portugués) y algo de dialecto gatuno. Pero se me olvidaron y no sé ni cómo ni por qué dejé de intentar hablar con los animales.

Ahora que lo pienso, no sé por qué dejamos de creer que somos capaces de hacer todo lo que creemos poder hacer de niños. Durante la niñez existen ciertas creencias irrefutables, como el que cualquier cosa se puede levantar con la ayuda de una capa; los monstruos existen y viven en los closets o debajo de la cama y la luz de la linterna del papá los disuelve, aunque también funciona taparse con la cobija que lo vuelve a uno invisible;   desear fervientemente, bien sea en una estrella fugaz, una pestaña, atrapando una sirena o soplando las velas de la torta del cumpleaños, realmente funciona y no se debe desperdiciar oportunidad alguna para pedir un deseo; hay mundos paralelos llenos de hadas, dragones, duendes y demás seres que no son visibles al ojo adulto; es posible tener poderes como volar, correr a la velocidad de la luz, soplar tan frío que se congelan las cosas, etc.; las sombrillas, las escobas y las toallas son perfectamente aerodinámicos; y, por supuesto, los besitos de la mamá curan todos los males y hacen que el semáforo cambie de color. Estas son las bases de la idiosincrasia de la infancia y todos lo sabemos. Pero se nos olvida.

No sé exactamente cómo ni cuándo pero llega un momento en el que uno no es capaz de discernir el sabor un M&M verde de uno rojo, en que uno ya no se esfuerza realmente por soplar la bomba perfecta con el chicle y que uno deja de elegir el cereal por el muñequito y en su lugar se fija en el contenido de la fibra. Y, seamos sinceros, ya en ese punto la cosa empieza a ir cuesta abajo.

Por eso creo que el secreto de la eterna juventud, al menos mental, yace en evitar perder demasiado de ese mundo en el que es posible hablar con las piedras y hacerse amigo de las lombrices, ese mundo en el que comer dulces es la dicha suprema y en el que todo es sorprendente. No perder la capacidad de maravillarnos, esa es la clave, y no dejar nunca de querer aprender nuevos idiomas como garrapato y balleno. Bueno, eso y comer muchos M&M.

Venga opine, deje la timidez...

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