La exclusión enunciada


PUBLICADA EL 22 DE AGOSTO DE 2010

Hace poco, mi papá me mandó por Internet un escrito por W. Molina sobre la regla ortográfica de género y la mala costumbre que se ha popularizado últimamente de terminar en “a” algunas palabras por dárnoslas de incluyentes. Molina dice que la regla es clara y que nombrar ambos géneros es correcto únicamente cuando el masculino y el femenino son palabras diferentes, como en  “toros y vacas”. Además, dice que dado que el participio activo del verbo ser, es “ente”, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se le agrega la terminación ‘ente’:  la persona que preside, por ejemplo, se le dice presidente, sin importar su género.

Por eso esta moda de andar por ahí diciendo “colombianos y colombianas; bienvenidos y bienvenidas sean a esta fiesta para todos y todas” sobra desde el punto de vista lingüístico. ¿Y desde el punto de vista de la inclusión, de lo políticamente correcto, de la igualdad de género? También me parece que sobra porque uno sólo nombra la diferencia; jamás la igualdad. Miren y verán: uno sólo hace referencia a la nacionalidad de alguien cuando es distinta a la de uno, o ¿cuándo fue la última vez que usted le dijo a sus amigos “les voy a presentar una amiga colombiana”? Uno por lo general no dice “esta es mi amiga Mónica, que es omnívora” sino “ella es fulanita, pilas que es vegetariana” y, bueno, ustedes entienden la idea.

El cuento va a que si esto de “ellas y ellos” pretende ser un instrumento de inclusión feminista, creo que las mujeres estamos errando en la estrategia, y prueba de ello es que no existe la queja contraria. Yo nunca he oído a ningún hombre quejarse porque le dicen “atleta” y no “atleto” ni “deportista” en lugar de “deportisto”; y jamás he visto que de la NASA protesten porque decimos “astronauta” y no “astronauto. De allí que me parezca que hacer hincapié en el caso de jueza y presidenta no hace más que lograr el efecto contrario a incluir. Nos excluye, nos separa, como si necesitáramos una invitación aparte para la fiesta, y eso no debería ser así.

Yo, por lo menos, me siento incluida cuando dicen “los colombianos”. Inmediatamente tiene que ver conmigo y no tengo que esperar a que me digan “y las colombianas”. A riesgo de ganarme de enemigas a todas las feministas de la ciudad, creo que en este caso el asunto es más de sentirse incluido que de requerir la nomenclatura inclusiva. Entiendo que para muchos (y muchas), el asunto es de ganar terreno y la palabra es un campo de batalla en donde la emotividad es la munición más temible, pero creo que en este caso se nos puede estar yendo la mano porque no es un hacer que sensibilice hacia una situación, sino más bien un decir que señala hacia una falta de pertenencia. Y temo que al exigir una invitación aparte, somos nosotras –no ‘ellos’- las que estamos diciendo que no somos parte de la fiesta.

 

Venga opine, deje la timidez...

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