Madurar, amarga


Publicado el 10 de octubre de 2010

La vida se encarga de enviarnos mensajes que nos indican cuándo es hora de algo. Varían en sutilidad y efectividad y van desde el paciente ronroneo hasta el desesperante crujido de las tripas, en caso del hambre; desde la duda casi imperceptible hasta el desacato total a la orden de moverse, en caso de las rodillas; desde la infiltración silenciosa hasta la emboscada total, en el de las canas. A veces uno se demora en entender el mensaje y sufre las consecuencias, pero hay momentos que en los que la comprensión le da a uno como una cachetada de elefante. Lamento decir que tuve un momento de esos hace unos segundos. Probé una Nucita y me supo –prepárense- demasiado dulce. Dos cucharadas administradas con la endeble palita de plástico y dije en voz alga “me va a dar dolor de cabeza con esta cosa tan dulce. Me hostigué… voy por agua”. Esa tal vez sea la frase más adulta que he dicho en toda mi vida. Y la dije solita, sin que mi mamá me tuviera que pellizcar, como normalmente tiene que hacerlo para que yo dé las gracias cuando alguien me pregunta si me gustó el florero de cerámica rústica con rostros de los Próceres de la Independencia en bajo relieve que me dieron de matrimonio. Esto es más ‘adultecedor’ que sacar la cédula.

Lo digo porque el paladar creo que es lo último que madura. En el caso de algunas personas, el paladar no madura jamás. Conozco gente que, de serles posible,  se alimentarían exclusivamente de perros calientes, sánduches y papitas a la francesa. Yo lo habría hecho, pero mi papá ponía su cara ‘exorcista’ (le patinan los ojos, se le forma un poco de espuma en las comisuras de los labios, se le enrojece la cara y se le brotan las venas de la frente) cuando íbamos a un restaurante y yo pedía hamburguesa. Me insistía que había que probar de todo y que tenía que comerme todo lo que me trajeran. Gracias a él aprendía la dicha de probar cosas nuevas y soy hoy en día una gourmet consumada (a la que no le cabe ni una pierna en el uniforme del colegio, pero bueno…). Pero a pesar del sushi y el cabarnet shyrah, siempre había habido espacio en mi plato para un poquito de Nucita y jamás había declinado un paquete de chitos con leche condensada en mi vida. Bueno, nunca antes, hasta hoy. No sé qué me pasó. Creo que mi paladar finalmente alcanzó a mis canas.

Temo que han terminado para mi los días en los que podía gustar la diferencia entre un M&M rojo y uno verde –todo niño sabe que el verde es más ligero, como un postre o un aperitivo, mientras que el rojo es de más sustancia y es casi una comida per se- o comprender la exquisitez del maridaje entre el bom-bom-búm rosado y el agua de piscina. Nunca más volveré a exigir azúcar para darle sabor al Tang y comérmelo con cuchara o lamido de la palma de mi mano.
Les soy sincera, me entristece un poco. Más que la aparición de las líneas de expresión alrededor de mis ojos, que he resuelto decir que me hacen ver intelectual, la pérdida del amor por lo intoxicantemente dulce me hace sentir realmente adulta. Ahora soy de esas personas que se antojan de aceitunas y no les parece un engaño que en una comida sólo ofrezcan queso. ¡Cómo es de adulto saberse más de tres clases de queso y sólo comer chicle que promete blanquear los dientes! Pero a eso he llegado, a necesitar el Trident para disimular el Camambert. De aquí en adelante no me queda sino empezar a antojarme de Ensure.

Venga opine, deje la timidez...

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