El clima y las dietas


Acabo de llegar de tener que caminar dos cuadras en medio de un aguacero bogotano para comprar:FRUTAS. No chocolate ni licor, ni siquiera condones. FRESAS Y MELÓN.¿Por qué? Porque es lo único que puedo comer en esta dieta en la que llevo ya una semana y que va a acabar conmigo. Ya ha acabado con mi paciencia y mi sentido del humor. Lamento informar que a mi barriga aún no le ha hecho mella.

Lo que me da ira es que yo había llegado a un punto en el que era una gordita feliz. Después de años traumáticos de ser la niña gorda del salón, la amiga gorda de mis amigas, la profesora gorda, la periodista gorda… había logrado estar bien. Y no sólo estaba bien conmigo misma, casada con un hombre fabuloso que ama cada banano y cada estría, sino que además era una gordita saludable. Así lo dijo mi cardiólogo.

Pero todo cambió con Matías. Casi lo pierdo y el costo de tenerlo, que nunca será demasiado alto y lo pagaría de nuevo una y mil veces, es que desarrollé intolerancia a los carbohidratos y estoy en el límite de la diabetes. Por eso ni siquiera la lluvia me hace ‘trampiar’. Porque le debo a mi hijo una madre saludable.

Entonces me secaré con una toalla y cenaré fresas con nueces y jamón de pavo y queso campesino… y soñaré con que el azúcar en mi sangre llegue a niveles tan bajos que me tenga que medicar con M&M.

 

Venga opine, deje la timidez...

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