Polvo eres… y polvos padecerás


Intercambiar historias de horror sexuales es un pasatiempo tan viejo como el sexo mismo. Desde la primera vez que un cavernícola intimó con una cavernícola, ambos fueron a contarles a sus respectivas hordas y desde eso los humanos no hemos parado de reunirnos en cavernas, castillos, peluquerías, bares y vestieres para contarnos quién hizo qué, cómo, con quién, por dónde y qué pasó después. Hablamos de experiencias y experimentos, damos consejos, resolvemos dudas y hasta nos inventamos sistemas de puntos para “ranquiar” nuestras anécdotas.

De allí que esta columna no es una malintencionada cadena de chismes íntimos de mis amigos cercanos revueltos con experiencias propias y sazonadas con ansias de burla y sed de venganza. Para nada. Es parte de una larga y respetable tradición humana, de la cual me enorgullece ser parte porque así todo lo que hemos hecho mis amigas y yo se convierte en investigación de campo, es decir, no somos unas zorras empedernidas sino científicas sociosexuales.

Es con ese ánimo, y con ningún otro, que les comparto la historia de mi amiga Andrea. Andrea tiene un Twingo, un Twingo vinotinto que ama y cuida y encera usando pañales para no irlo a rayar. Una noche lluviosa de noviembre, Andrea y su Twingo se fueron a moteliar con un tipo cualquiera y después de un polvo medianamente satisfactorio con un hombre que ella ha dicho que le coge las tetas como un oso atrapando un salmón, Andrea se dio cuenta de que había dejado las llaves dentro del carro. En esas llaves estaba también la llave de la casa, así que no tenía cómo acceder a la llave de repuesto que guarda celosamente en su mesa de noche. Presa del pánico, el hombrecillo quebró la ventana del lado del conductor antes de que Andrea pudiera decirle que tenía película antirrobo, por lo que el vidrio se resquebrajó pero no salió. El intento fallido y la cuenta inminente hicieron que Andrea llamara a un amigo bienintencionado pero exagerado amigo quien llamó a los bomberos para que le tumbaran la puerta de la casa. No sé si será el polvo más caro de la historia, pero le costó una puerta y una ventana.

Como verán, los moteles son terreno fértil para escenas penosas. Paula, por ejemplo, aprendió en un motel que no se puede desafiar a la física cuando intentó parquear la camioneta doble cabina nueva del papá y la puerta no cerró porque el carro era más largo que el garaje. Le tocó moteliar con la puerta abierta. Paula pareciera que tuviera una maldición porque es definitivamente la persona más de males, moteleramente hablando, que yo he conocido en mi vida. Una vez se quedó encerrada en el baño y tuvieron que llamar cerrajero. Otra vez, a una pareja nueva le dieron la llave del cuarto en el que ella estaba (“por fortuna, sólo me reconocerían si uno de los dos es ginecólogo” nos dijo) y en otra ocasión le dio por ensayar con un gel lubricante de sabores y resultó alérgica. Salió del motel en ambulancia y pasó la noche en Urgencias sin poder juntar las rodillas.

El caso de Paula le sirvió a Irene, quien resolvió sólo moteliar en taxi. El problema es que sentía que los taxistas la juzgaban por el retrovisor, así que resolvió decir que era una estudiante de Comunicación que para un trabajo de la U tenía que hacer un reportaje sobre los moteles. Esto le funcionó hasta que un señor le dijo “Pues ojalá saque 5 niña porque esta es la cuarta vez que la recojo”. Pero no la culpo. La verdad es que Irene no era muy diestra en aquello de moteliar. Le tuvimos que explicar que uno no tiene que tender la cama en los moteles, ni hay que dejar propina ni despedirse y dar las gracias de mano. También nos tocó explicarle que el sexo oral no es lo mismo que el sexo verbal (o sexo hablado), que cuando un hombre le dice “hábleme sucio” lo que espera oír no es “hay natas en el jacuzzi” y que cuando el médico le pregunte cuándo fue la última vez que dio del cuerpo, no se debe acalorar/indignar y decir “no, Doctor, yo soy VIRGEN y yo no le he dado del cuerpo a NADIE”.

Dejando en paz a Irene, pasemos a Alejandro, quien a pesar de ser Ingeniero ignoró los principios básicos de la termodinámica en una noche fría en un motel de La Calera y pegó el calentador demasiado a la cama ocasionando así un pequeño incendio y un gran susto. No sé cómo explicaron cada quien en sus respectivas casas cómo se les había quemado la ropa pero espero que haya sido con más tacto del que demostró este mismo genio cuando contestó el celular en plena faena sexual y a la pregunta de su madre “¿Dónde estás, mijo?” él contestó certeramente “Pues, mamá, ¡estoy allá en la oficina!”.

Y dejé lo mejor para el final, y lo mejor es el cuento de Juan* y su novia Catalina. Juancho y Cata decidieron pasar un fin de semana romántico en un motel. Algunas horas y varios polvos después de llegar, fatigados y hambreados, decidieron pedir algo al cuarto. Revisando el menú se toparon con la tentadora oferta de un plato de frutas tropicales. Cuando llegó la comida estaban ganosos otra vez así que les dio por incorporar el platillo y cayeron en la tentación de usar sus cuerpos como vajilla. El juego erótico de comer, beber y sorber alimentos del cuerpo del otro suena sexy en las películas, pero en la vida real puede tener consecuencias inesperadas. En el caso de este par sucedió que Juan ubicó una cuña de piña en el área pélvica de Cata y ella… bueno… como dijéramos… contrajo los músculos de tal manera que la cuña emprendió carrera cuca arriba (Siempre que contamos este cuento alguien hace el exagerado ruido de la succión extrema. Es más chistoso así) y los dejó a ambos sumidos en el horror más terrible. “¿Cómo que desapareció? ¡Busca bien!” y “No alcanzo, ¿será que con una pinza…?” fueron sólo algunas de las frases intercambiadas. Sobra decir que se les acabó el plan de fin de semana –y la relación, poco después- pero me alegra reportar que varios días después de que la niña dejase los calzones oliendo a chicha, la cuña salió solita, pero ninguno puede comer piña desde eso.

Espero que hayan aprendido algo de todo esto. Los demás miembros del equipo investigador y yo seguiremos trabajando en el laboratorio -la cama- para continuar con la importante labor social que estamos desarrollando. Ah, y siempre estamos en busca de nuevos miembros.

*Los nombres han sido cambiados lo suficiente para que no me demanden.

 

Un comentario en “Polvo eres… y polvos padecerás

  1. gynes dijo:

    jajajaja, me suena mucho eso de sólo me reconocerían si uno de los dos es ginecólogo, tu tan políticamente correcta como siempre, pero la verdad es que sólo me hubiera podido reconocer él porque alcanzó a entrar al cuarto y mirar detalladamente la “escena del crimen” como si fuera Grissom…..

    Suerte en tu nuevo proyecto queri…..

Venga opine, deje la timidez...

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