Gangrena


No siento los dedos, pero no me importa. La cabeza de Matías, que fácilmente pesa un par de kilos, está obstruyendo el flujo de sangre. Mis dedos se tornan morados y fríos, pero no me atrevo a moverme. Él está dormido, apacible y felizmente acurrucado. Está calientico, respirando con suaves ronquidos perfectos.

Nada supera una siesta con mi bebé.

Venga opine, deje la timidez...

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