Lechuguitis


Hay cosas que, si no me pasaran a mí, pensaría imposibles. O impasables, es decir, que no le pasan a nadie. Como, por ejemplo, que ayer estuve al borde de la hospitalización a causa de una lechuga. Una LECHUGA. No me dio todo lo que me dio (cuyos síntomas, por ser gástricos, son penosos de describir y desagradables de leer, así que los omitiré) porque me comí un chicarrón ni una tonelada de cubierta de chocolate. Ni siquiera fue por un inocente guayabo. No, fue por una Lactuca sativa, una matica de esas que a uno le dicen que es saludable, llena de fibra y con antioxidantes y qué sé yo. Pues esa matica me enfermó más que seis bandejas paisas juntas, y ahora estoy débil, malgeniada, hambrienta y sumamente decepcionada.

Lechuga. ¿Habrá algo menos apetitoso? Lejos de hacerme agua la boca, la lechuga creo que le seca las glándulas salivares a cualquiera. Por eso es que nadie va por la calle persiguiendo un olor a lechuga enloquecedor, no hay canciones que alaben la lechuga (O cántenme pues algo que diga “Ay mi Lechuga tan linda, eres como ninguna hortaliza…”), ni poemas que empiecen con “O lechuga, cómo me tientan tus cogollos…”.

Pero yo como lechuga como todos los que hemos pasado por manos de un nutricionista porque dizque es saludable, pero resulta que “saludable” es un concepto bastante fluido. Es decir, para MI la salud está ligada, por encima de todo, a las GANAS DE VIVIR. A tener una vida que uno quiere perpetuar. Hay quienes, en cambio, miden la salud con exámenes de sangre y pruebas de esfuerzo, sin que la felicidad tenga mayor impacto en el diagnóstico. Y esa es la gente que recomienda comer lechuga.

Pero después de averiguar que la lechuga puede causar fiebre tifoidea, cólera y salmonelosis, que genera problemas hepáticos y es causa frecuente de indigestión y flatulencia y además,  como si eso fuera poco, que los ácidos gástricos a veces no son capaces de digerir todas las hojitas de lechuga y entonces se pueden quedar algunos pedacitos pegados del estómago y acumularse y… en fin, después de haber averiguado todo eso, he decidido eliminar le lechuga de mi cotidianidad. No digo que de mi vida porque hay unas ensaladas que tienen cebolla caramelizada y tomaticos cherry y champiñones y cosas así que son deliciosas, y puede que me coma una de vez en cuando, pero esta bobada de lechuga todos los días dos veces al día no la vuelvo a hacer.

De ahora en adelante, voy a evaluar en contenido nutricional además del contenido de felicidad de cada alimento que me lleve a la boca. Si me voy a volver a enfermar, que sea porque se me espesó la sangre de tanto caramelo, porque se me engarrotaron las manos de abrir paquetes de M&M o porque la Asociación de Piaras Unidas se quejó porque soy personalmente responsable por poner a los cerditos en la lista de especies en vía de extinción ¡Que viva el colesterol, la grasa y el sabor!

Venga opine, deje la timidez...

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