Por qué uso la palabra STORYTELLING para hablar de contar historias


Hace poco leí un artículo en donde el autor criticaba el uso innecesario de anglicismos, y me llamó la atención porque incluía en su lista de agravios la palabra Storytelling

Este sometimiento se observa, sobre todo, en vocablos como storytelling. “Es uno de los anglicismos que más me molestan”, afirma Antonio Rodríguez de las Heras, “porque es como descubrir el Mediterráneo. Desde hace mucho tenemos recursos para expresar el hecho de contar historias usando distintas estructuras narrativas. Pero así, usando extranjerismos, se pretende dar la impresión de que se acaba de inventar esta palabra.

Entiendo la molestia de Rodríguez de las Heras, y sé que no está solo. Muchas personas sienten que acudir a un extranjerismo es sinónimo de pereza mental o de esnobismo lingüístico, y es posible que en algunos casos sea así. 

Sin embargo, para mí la palabra Storytelling es una manera de diferenciar lo que yo hago de lo que las personas ya conocen. Cuando hablo de contar historias, muchas personas se confunden y creen que soy cuentera o historiadora. En cambio, cuando digo que enseño técnicas de Storytelling, las personas que saben qué es de inmediato entienden que se trata de una metodología especial de comunicación, y quienes no saben me abren la puerta y me preguntan qué es eso. 

Cuando me preguntan, me dan la oportunidad de explicar, y eso es precisamente lo que busco, que sientan curiosidad, pregunten, aprendan y se interesen. 

Usar esta palabra puede parecer extraño pero para mí es una gran ventaja y creo que les ha ayudado a muchas personas a ver con nuevos ojos y renovado interés el arte y la ciencia de contar historias. 

En todo caso, en mis clases y talleres siempre hablo de la importancia de tener ortografía y dicción correctas, cuidar el uso del idioma y tener en cuenta las reglas gramaticales. El idea es comunicarnos de tal manera que respetemos el idioma y al mismo tiempo seamos fieles a nosotros mismos. 

Para mí, ser fiel a mi voz, ser auténticamente yo, implica usar palabras en español, inglés y spanglish (otras veces sencillamente me invento palabras). 

Aunque no siempre ha sido así, hoy me siento no sólo cómoda sino orgullosa de mi estilo de hablar variopinto y colorido, y con mucha frecuencia me encuentro con otras personas bilingües que cruzan las fronteras idiomáticas con regularidad y sin pena. 

He entendido con el tiempo que mi manera de hablar, con errores y rarezas, es reflejo de mi recorrido. Es posible que algunos consideren que decir Storytelling en lugar de contar historias sea un error, y respeto esa posición, pero también creo que los errores en el habla, como las cicatrices en la piel, nos muestran dónde hemos estado, lo lejos que hemos llegado, y el coraje que hemos tenido en el camino. 

Por qué el mejor negocio para una empresa es invertir en las personas


Muchas empresas invierten millones de pesos al año en talleres y entrenamientos para sus empleados sólo para descubrir que sus esfuerzos han sido en vano. 

La mayoría de las veces, durante el evento —que dura una mañana o a lo sumo un fin de semana— la gente se siente maravillada por todo lo que está aprendiendo,  pero cuando regresan al trabajo se revienta la burbuja. 

En algunos casos se revienta porque el programa que hicieron es como una de esas camisas que prometen ser “una talla para todos”, que en realidad no le horma a nadie. Lo que aprenden los asistentes es mucho, pero lo que retienen es poco y lo que es peor, no es aplicable a sus trabajos porque las teorías y metodologías son ideales académicos que no se ajusten a la realidad de sus empresas. 

En otros casos, los que asisten llegan con ganas de reinventar la empresa y hacer grandes cambios sólo para enterarse de que a sus jefes no les interesa cambiar. 

Esto no ocurre porque dichos programas no tengan buena información; ocurre porque la información, por buena que sea, no sirve para nada cuando no se traduce en acciones tangibles y hábitos duraderos. Por eso embutirles un montón de datos y gráficos a las personas durante jornadas intensas en destinos exóticos simplemente no funciona. 

Lo que sí funciona es invertir en la calidad humana, ofrecerles a los empleados la oportunidad de desarrollar destrezas y habilidades que les sirvan en sus vidas dentro y fuera de la oficina. Invertir en espacios y programas que permitan aprender y cultivar hábitos saludables, tener una comunicación más clara y armonioso consigo mismo y los demás y en general tener una vida más satisfactoria y plena siempre redundará en un mejor ambiente de trabajo. 

Porque la verdad innegable es que adquirir y desarrollar las competencias que se requieren para ser un buen líder toma tiempo, y las condiciones que se deben dar para que alguien ascienda laboralmente no se le pueden garantizar a ningún asistente porque no dependen ni de él ni de los oferentes del taller.

En cambio, aprender destrezas y habilidades (como el Storytelling, la escritura creativa, la terapia narrativa, entre otros) que nos ayuden a cultivar la autenticidad depende de cada uno de nosotros y serán útiles sin importar el cargo, la industria o la cultura porque las buenos seres humanos son universalmente apetecidos y apreciados porque, obviamente, quien es buena persona es buen líder, pero también es buen empleado, buena amiga, buen padre, buena gerente, buen médico, buena funcionaria, y por encima de todo es bueno tenerla en mi equipo y en mi vida. 

Dolor no es lo mismo que dificultad


Docenas de dichos, clichés y proverbios inundan nuestro imaginario colectivo con la idea de que sufrir fortalece el carácter. 

Esta idea, por popular que sea, es infecciosa, es falsa y es peligrosa.

Digo que es peligrosa porque confundir el dolor con la dificultad es irresponsable y puede ser fatal. 

La dificultad, la adversidad y los retos son parte fundamental de la vida. De saberlos sobrellevar y aprender de lo sucedido depende no sólo el éxito de una persona sino su autoestima.

La dificultad es, además, la madre de la comunicación, del ingenio y del rebusque porque nos obliga a buscar, a conectar, a experimentar.

El dolor es otra cosa.

El dolor es intenso. El dolor interfiere con nuestra capacidad de vivir de manera normal, realizar tareas sencillas, de mantener relaciones saludables, sentir placer y vivir plenamente. Es algo que no se quita con ignorarlo ni es cuestión de aguante.

El dolor, físico o emocional —pues el cerebro no distingue entre los dos— es una señal de alerta. Es nuestro cuerpo diciéndonos que algo no anda bien y requiere nuestra atención inmediata. 

Cuando ignoramos las señales de dolor, en nosotros mismos o en las personas que nos rodean, no estamos haciéndole favores a nadie. Sólo estamos dilatando el tratamiento y en el entretanto podríamos estar empeorando el problema. Lo que empieza con un dolor leve puede ser una señal de una enfermedad que tratada a tiempo puede ser manejable en lugar de letal, o de una relación que terminada a tiempo puede evitar consecuencias nefastas para todos los involucrados. 

¿Por qué, entonces, creemos que lo que no nos mata nos hace más fuertes? 

Esta frase pegajosa ha dejado casi tantos estragos en la humanidad como la sífilis que mató a su autor, pero no es cierta. Lo que no nos mata no nos hace más fuertes;  lo que no nos mata nos lastima, nos debilita y nos puede traumatizar de por vida.

Es cierto que algo de dolor es inevitable, pero eso no es lo mismo que deseable. En nuestra ansiedad por aliviar el sufrimiento que trae el dolor, lo racionalizamos y le ponemos arandelas y emoticones, diciendo que el dolor es bueno, que nos ayuda a crecer, que es símbolo de estatus, compromiso y valentía. 

Pero no importa cuántos memes circulen en Facebook, no es cierto que exponernos intencionalmente al dolor, o peor, exponer a los demás a situaciones dolorosas, sea emocionalmente sano. Pensar que acostumbrarnos al dolor nos vuelve inmunes a él es engañarnos. Hacerlo no ayuda a ser más fuerte a nadie ni prepara a nadie para el futuro. 

Todo lo contrario. 

Para ser felices, tenemos que conocer la felicidad, y conocerla bien. Cuanta más feliz sea nuestra niñez, más fácil es ser felices de adultos. La resiliencia —la capacidad de manejar la adversidad y adaptarnos a los cambios inesperados de la vida— depende en gran medida de lo estable y dichosos que fueron nuestros primeros años. 

Como padres, como adultos, como educadores, cómo líderes en empresas y procesos,  nuestro papel no es llevar a nadie a acostumbrarse al dolor, ni acostumbrarnos nosotros a él. Nuestro papel es aprender cómo luce la felicidad para poderla cultivar en cada momento, en cada espacio, en cada papel que juguemos en nuestras vidas y las vidas de otros. 

El gran regalo de la maternidad


Empecé a contar historias como estrategia de supervivencia escolar. 

Todo empezó porque yo aprendí a leer antes de entrar al colegio (me enseñó mi amigo imaginario, pero esa es otra historia) y mis compañeros me perseguían durante los descansos para que les leyera los cuentos del libro de Español, que era verde con dibujos de niños jugando en la carátula.

Les leí todos los cuentos, después los poemas y finamente las adivinanzas, pero un día vi que ya había llegado al final de libro y no tenía nada más que leer. Informé a mi público expectante que ese día no habría show y Para mi gran sorpresa, las cinco niñas y dos niños que me habían seguido hasta el árbol protestaron. Y no sé si fue la cara de decepción que me hicieron, el temor a que me tocara hacer algún deporte o, más probable, el horror de verme sin fans lo que me llevó a decirlo, pero les dije que había encontrado otra historia y me hice la que les leía una historia que me sabía.

Y luego, otra. 

Y otra y otra y otra más, hasta que un día se me acabaron las historias que sabía y me las empecé a inventar. 

Fue lo máximo.

Varias semanas más tarde, una asidua espectadora le pidió a la profesora que le leyera el mismo cuento que yo le había leído, la profesora dijo que esa historia no estaba en el libro y hasta ahí me llegó la felicidad. La profesora me regañó y quedé con fama de mentirosa, pero descubrí que me encantaba contar historias, inventar fantasías y compartirlas. 

Dije que quería ser escritora y nadie se sorprendió. A los cinco años, tenía el camino claro, mi destino estaba escrito, la fama no se haría esperar. 

Pero entonces, crecí. 

Me llené de temor. Me dije a mí misma que el mundo no necesitaba mis historias porque ya había muchas y eran mejores que cualquier cosa que yo podría aportar, que mi sueño de ser escritora era irrisorio y que si lo intentaba el mundo entero se iba a burlar de mí.

Me desvié académica y profesionalmente de la escritura hasta llegar a un punto en el que mi vida eran las palabras de los demás.

Hasta que llegó Matías. 

Cuando sostuve a mi hijo en mis brazos, supe que haría cualquier cosa por él, que lo apoyaría en todas sus empresas, que financiaría todos sus impulsos, que aplaudiría todos sus logros y secaría todas sus lágrimas. Me imaginé a mí misma diciéndole que todo era posible, que él podía hacer realidad cualquier sueño. 

Y entonces me imaginé a mi hijo preguntándome cuál había mi sueño, y vi a mi futura yo diciéndole “Yo tuve un sueño alguna vez pero lo abandoné y ahora no tengo autoridad moral para decirte a ti que no abandones el tuyo.”

Pensar en decir eso me dio más miedo que publicar una historia y que se rieran de mí, más miedo que hacer el ridículo, hacer el oso, ser poco original, ser cursi, ser ingenua o ilusa o cualquiera de las cosas que hasta ese momento me habían dado miedo. Decidí en ese instante que esa conversación nunca iba a ocurrir, que en el peor de los casos le iba a decir a mi hijo que tuve un sueño y lo seguía luchando o incluso que tuve un sueño que no logré hacer realidad pero nunca que me rendí y menos que fue por miedo. 

Para mí, ese fue el verdadero regalo de ser mamá: ser más valiente por mi hijo de lo que había sido por mi misma, y entender que así como yo haría cualquier cosa por Matías, mi mamá y mi papá harían cualquier por mí. 

Ese día empecé a escribir de nuevo como cuando era niña, inventándome historias y con ganas de compartirlas con el mundo. Y desde ese día sé que puedo decirle a mi hijo que él puede hacer realidad sus sueños tal como lo hace su mamá.

Qué decir cuando no hay palabras


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El amor es lo único que suena bien.

Son pocas las ocasiones en las que alguien como yo (logofílica, locuaz, parlanchina, hablantinosa, comunicativa, expresiva, etc.) no sabe qué decir. Pero pasa.
Hay momentos tan difíciles y dolores tan profundos que no hay palabras lo suficientemente grandes para envolverlos. En esos momentos hay quienes piensan que como no hay nada qué decir ni siquiera vale la pena intentar, mejor evitar ese silencio incómodo en lugar reconocer que nada puede reconfortar a alguien que no quiere oír una palabra reconfortante más porque las ha oído todas y ninguna sirve.
Puede ser difícil encontrar palabras en esos momentos en los que la vida nos sorprende con un dolor indescriptible, pero les garantizo que no empiezan con “al menos” ni “deberías”. Nadie sabe la sed con la que bebe el otro ni el dolor con el que carga, y tratar de dar consejos sobre cómo manejar lo inmanejable tratando de imaginar lo inimaginable sólo crea distancia. Y decir que todo llega y todo pasa, que el mañana será mejor o que el ayer fue bueno no ayuda a manejar el dolor de hoy, el hoy que además está lleno de cuentas por pagar, niños qué cuidar y una vida aún por vivir porque el mundo no se detiene por el dolor de nadie.
Por eso es fácil caer en la tentación de pensar que sólo porque no hay nada qué decir no hay decir nada, o peor, esperar a que alguien con dolor venga a mí. Nos metemos mentiras que suenan a “no voy porque estorbo” o “cuando quiera hablar, me llamará”. Son mentiras porque la verdad es que no nos gusta admitir que hay algo que no podemos arreglar porque es inarreglable, no nos gusta enfrentar el dolor ajeno porque nos recuerda el propio, no nos gusta ver a quienes queremos lidiar con una carga que no podemos compartir ni aligerar.
Pero eso no significa que no hay nada que hacer. He enfrentado, para bien o para mal, suficientes tragedias en mi vida como para saber que aún en esos momentos, las palabras son mágicas. Pero su magia sólo funciona si son las palabras adecuadas. Y cuando el dolor es grande, generalmente sirven más las palabras cortas: Esto duele. Te quiero. Estoy contigo.

Balada de la Mamá Moderna (y el papá también)


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No puedo,

Duérmete,

Levántate,

Apúrale,

Despacio,

Te quiero.

Deja eso,

No lo toques,

Estoy ocupada,

Límpiate,

No te lo comas,

Termina de comer,

Te quiero.

Sal a jugar,

Entrate ya,

Ve una película,

No más televisión,

Toma una siesta,

No seas perezoso,

No llores más,

Te quiero.

Estoy en el teléfono,

Haz caso,

No tengo plata,

Espera a que termine,

Lo siento,

Ojalá pudiese,

Te quiero.

Ya casi llegamos,

No te va a doler,

Dame un besito,

No puedo cargarte,

¿Puedo jugar contigo?

¿Otra vez vas a salir?

Te quiero.

Ya no me coges la mano,

Ya no me llamas,

Ya nunca te veo,

¿Viste mi mensaje?

¿Estás ocupado?

¿Me presentas?

Te extraño.

Volver, volver, volveeeeer


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Nada como el Hotel Mama.

Luego de muchos años de vivir por fuera (no digamos cuántos, la suma no me favorece) regresé a  Pereira, mi ciudad natal, a ver si esas raíces que tanto hemos bregado a echar mi esposo y yo al fin pelechan, y desde que llegué no paro de maravillarme de cómo me han recibido. Pareciera que en todas partes hay personas que conspiran para que la decisión de venirnos se cimiente como la mejor que hemos tomado. Desde el colegio de Mati hasta las personas dispuestas a abrirle las puertas a Jorge con su negocio y a mí con mis talleres hasta el joven del parqueadero del centro comercial que, al ver que mi esposo había botado el recibo del restaurante, le preguntó cuánto era y le dio el descuento correspondiente en la tarifa a punta de fe.

Sí, ,todos ha sido increíbles. Bueno, todos salvo un señor que me encontré en el supermercado. Digamos, en aras a la narrativa, que se llama Arturo, un amigo de la familia.

Arturo me vio y me abrazó con emoción palpable.

-Qué bueno que estés aquí- me dijo.

-Gracias, estoy muy feliz.

-Me encanta leerte. Soy tu fan.

-Gracias, muchas gracias.

-Y estaba a punto de pedirle tu teléfono a tu papá porque necesito que me ayudes con una vuelta de la Cámara de Comercio.

-No, yo no trabajo en la Cámara de Comercio. Me está confundiendo con…

-Claro, con Lina, la menor. Yo me la encontré el otro día en Arboleda.

-Lina no trabaja allá y tampoco es la menor. La que tiene oficina en Arboleda es Pilar.

-Claro, yo me acuerdo mucho de ella porque ella está casada con un bogotano y mi yerno es de Bogotá también. Él está casado con la hija mía que estudió en la Católica y fue alumna de tu esposo.

-No y no.

-Además porque Pili trabajó en La Tarde con un primo mío, muy amigo de un hermano de tu mamá.

-Mi mamá es hija única y la que trabajó en La Tarde soy yo.

-Sí, yo sé, soy gran fan de tus columnas. En todo caso, un gusto saludarte y dale saludes a tu abuelo, que hace rato no lo veo.

Arturo se fue antes de poderle explicar que nadie ha visto a mi abuelo desde que falleció hace seis años. Me quedé muda e indignada hasta que llegó mi papá.

-Veo que te encontraste con Arturo. Tan querido que es. Él te lee mucho.

-Pero no tiene ni idea quién soy. Me confundió con mis hermanas.

Y entonces, mi papá me miró fijamente y me dijo las palabras más sabias que he oído desde mi regreso.

-Mija, a estas alturas agradezca que no la estén confundiendo conmigo.

Sabiduría de papá. ¡Qué bueno es volver a casa!

La peor manera de pedir rebaja (es más común de lo que creen)


389941_321866967839739_100000493141297_1315529_884991985_nMis días laborando como empleada con salario fijo y jefe único han sido pocos. La gran mayoría de mi vida profesional he sido independiente, trabajando en proyectos con poca o mínima supervisión adulta y respondiendo a clientes sin el respaldo de secretarias ni mensajeros a quien culpar. De ahí que tenga mucha experiencia en el manejo del regateo como principio fundamental de toda negociación colombiana.
A la gente le encanta que le den rebaja, y cuando se puede, rebaja y ñapa. Y eso no está mal. Todos queremos sentirnos como clientes especiales y el descuento es una manera de contemplar a la clientela.
Pero ojo, que la manera de negociar un descuento puede salir muy, pero muy mal. En muchas ocasiones, más de las que quisiera contar, me han salido clientes potenciales con las palabras más odiosas que he oído:
Es tan fácil que lo podría hacer yo (mi hija, mi abuelo, mi perro) pero no tengo tiempo.
Para empezar, analicemos eso de que “cualquiera podría hacerlo”. En mi caso, como traductora y escritora, me enfrento con mucha frecuencia a que las personas no valoren lo que hago. Creen que escribir es botado y traducir es aún más fácil, que cualquiera que haya ido a Miami más de una vez tiene el vocabulario suficiente para hacerlo y que, en todo caso, ahí está Google Translate. Lo cierto es que aún las personas que hablan bien otro idioma pueden no ser buenos traductores, y Google Translate es una buena herramienta para un desvare pero no reemplaza lo que puede hacer un humano con experiencia. Hay miles de anécdotas entre traductores sobre los llamados “falsos amigos”, como también hay miles de víctimas que les ha salido carísima una mala traducción (a este señor le costó la vida).
Lo mismo le sucede a mi amigo ilustrador, a quien con mucha frecuencia le quieren pagar menos de lo que él considera que valen sus “dibujitos”; a mi amigo ingeniero que se topa con que todo el mundo tiene un sobrino que es “gomoso de los computadores” y que podría hacer lo mismo que él por un almuerzo; a mi esposo el publicista a quien los clientes le dicen que no entienden por qué un “loguito y un eslogancito” valen todo eso; a mi amigo fotógrafo a quien todo el mundo le saca en cara los apps que hacen “lo mismo que él”. Todos padecemos el mal de la subvaloración de nuestro trabajo. A nadie se le ocurre pedir rebaja en una cirugía porque es rápida ni pretenden que haya una tabla de precios de acuerdo al tamaño de la incisión (¿en serio doctor todo eso por sacarme un tumorcito chiquitico?), pero pocos entienden que los artistas y los independientes le hemos invertido la misma cantidad de tiempo a estudiar nuestro oficio que cualquier profesional, incluso más. Así que olvídense del ángulo de “es tan fácil que yo lo podría hacer” o la otra cara de la misma horrenda moneda, “no tiene que quedar tan pulido, eso sale rapidito”. La respuesta es que aún si pudiera hacerlo, no le quedaría igual, y si lo quiere mal hecho no me diga a mí que lo haga porque está en juego mi reputación y mi ética profesional.

La segunda parte, la del tiempo, es ofensiva porque parte del supuesto de que el tiempo de Don Cliente Potencial X vale más que el mío, lo cual es de por sí insultante, pero además supone un estimado erróneo de cuánto tiempo hay que invertirle a hacer lo que hace el otro. Para las traducciones, por ejemplo, la gente supone que “una hojita” es una vuelta de diez minutos, quince a lo sumo. Lo cierto es que lo que un traductor se demora en una hoja depende de muchos factores: el nivel de dificultad del tema o lo familiarizado que uno esté con el mismo (no es lo mismo para mí traducir un texto de lingüística que un texto de ingeniería mecánica), la cantidad de palabras y conceptos desconocidos y la disponibilidad de los mismos (hay cosas que no están in Internet, créanlo o no, y a veces hay que comprar un libro o llamar a alguien que sepa y no todo el mundo tiene un amigo experto en termodinámica), el formato en el que se entrega el original (PDF es horrible), y hasta el estilo y el estado del documento original (es como maquillar una fea: hay un límite de lo que puedo hacer por usted). Todo esto, combinado con cosas como qué tan rápido es uno para teclear y qué tanto trabajo tiene de otras fuentes, hacen que la velocidad varíe entre 100 palabras por hora y 100 palabras al día, y eso para alguien con experiencia. Siéntese usted a hacerlo y se va a demorar aún más.

Entonces, ¿ya ven por qué son tan odiosas estas palabras? Si el tema es de plata, si usted no tiene con qué pagarme lo que me merezco, dígame de frente e intentemos llegar a un acuerdo, pero no trate de pagarme menos diciéndome que mi trabajo no requiere conocimiento especial ni talento alguno, porque demeritar el trabajo que quiere que le haga no me hace querer cobrarle menos. En cambio, sí hace que piense menos de usted.

 

 

Hoy lloré por mi perro


Como si cumplir años no me hiciera sentir más vieja de por sí, hoy tuve que tomar una decisión que me echó años encima. Iba a decir que una decisión difícil pero, carajo, ¿acaso no lo son todas? ¿No es eso lo que significa ser adulto? Tomar decisiones a tientas, tirarse sin red porque no hay quién la amarre, cerrar los ojos y brincar sabiendo que nunca estaremos seguros de que lo que encontramos en la otra orilla es mejor que lo que nos echó de la primera.
Decisiones, decisiones, decisiones.
La de hoy tenía tonos de culpa, de admisión de impotencia con aire de incertidumbre y un tufillo de mala mamá que me dejó de cachete húmedo gran parte de la mañana.
Hoy llevamos a Max, nuestro Pastor Alemán, a la Escuela de Carabineros de Chía porque ya no podemos tenerlo más. Es la primera en una cadena de decisiones que debemos tomar-y tomarlas relativamente pronto- porque temas como la salud, la economía y la logística nos obligan.
Lo peor es que no es la más difícil. Pero ya llegaremos a las difíciles.
El caso es que cuando entregamos a Max, el Carabinero que me lo recibió, tal vez conmovido por mis lágrimas, me dijo simplemente “Señora, usted le ha hecho un gran regalo a la patria. Este siempre será su perro, pero ahora además es su servidor y el de su país.”
Y hasta ahí me llegó la cara de valiente.
Lo que más me conmovió de su discurso fue que no intentó decirme que todo iba a estar bien ni que todo pasa por algo ni me regañó porque no tenía cómo hacerme responsable de Max.
Para que sepan, ninguna de esas cosas consuela porque lo cierto es que él no sabe –nadie sabe- si las cosas van a salir bien. Lo único que tengo absolutamente claro en este momento es que esta tarde va a llegar Matías y Max no está y lo único que voy a poder decirle a manera de consuelo es el mismo discurso del Carabinero. Que Max va a ser un héroe, que como guía canino va a poder ayudar a muchas personas y que estamos muy orgullosos de él.
Y cuando Matías llore, lo dejaré llorar. No le voy a decir que sea valiente, que no vale la pena llorar por un animal, que hay problemas más graves en la vida y que la vida de él ha sido un desfile de privilegios y que aún no sabe lo que es sufrir de verdad ni que hay gente que llora por motivos más nobles que un perro. Le secaré las lágrimas con todo mi amor porque lo contario, decirle que no llore o que no hay por qué llorar, es negarle lo único que lo puede ayudar a sanar. Porque lamentar nos hace humanos y nos permite dimensionar el dolor y familiarizarnos con él.
Así que mientas llore, lo abrazaré. Cuando me haga preguntas difíciles de responder, le diré la verdad. Y cuando la verdad sea que no sé, le diré que pase lo que pase lo enfrentaremos juntos porque eso es lo único que tengo seguro.
Y cuando me den ganas de llorar a mí, lo haré sin sentirme culpable ni débil.
Porque yo también tengo dudas y tengo miedo y estoy llena de preguntas que nadie puede responder.

Y sobre todo, porque Max se merece mis lágrimas.

PS: “Compañerismo, integridad y bravura” es el lema de los Carabineros de Colombia. Debería ser el lema para todos cuando pasamos por un mal rato, ¿no les parece?

Cosas de niñas


“Necesitamos el feminismo porque no existen los juguetes de niñas ni los juguetes de niños y los colores son de todos”.

Ser mamá me ha concedido momentos me han hecho sentir como una combinación de Dalai Lama, Hillary Clinton y Bruce Springsteen.
Uno de estos momentos me llegó hace poco durante una clase de natación que recibía mi hijo de cinco años. El profesor intentaba usar la táctica anacrónica e ineficiente de la vergüenza, haciendo uso de frases como “eres un bebé con pañales” y “esas botas son de niña” para lograr que mi hijo se esforzara más. La filosofía anticuada, pero lamentablemente común, detrás de este tipo de estrategias es que la humillación es un buen estímulo y que no hay nada más humillante para un varón que ser comparado con una niña. Antes de blanquear el ojo, piensen cuántas veces han oído cosas como “llora como una niña, corre como una niña, mucha nena, si sigue así le va a llegar el periodo” u otros comentarios en la misma línea. Le aseguro que ha oído al menos uno esta semana. Es más, apuesto que de aquí a mañana habrá oído otro par y a lo mejor ni siquiera le vea el problema. Espere, ya le voy a explicar cuál es.
El problema con ese tipo de comentarios, es decir, de enseñarle a un niño que lo peor que él puede llegar a ser es niña, es que contiene la semilla podrida de la misoginia porque supone que ser niña es indeseable, malo, humillante, o, en cualquier caso, menos que ser niño. Cuando les dicen a los niños que no le van a comprar este juguete o ver esa película porque “es de niñas”, están contribuyendo con esa idea. Lo que el niño asimila es que las “cosas de niñas” son inferiores, que los “colores de niña” contienen un elemento tóxico que les inhibe la producción de la enzima del coraje, la valentía, la inteligencia, la recursividad y todas esas cosas buenas que salen de los juguetes con espadas y balas.
Pero no en mi casa. La mamá de mi hijo fue niña igual que sus abuelas y tías; tiene amigas niñas, tal vez algún se case con o sea el padre de una niña y no voy a enseñarle que nuestros gustos, ideas, habilidades, necesidades y sueños son inferiores a las de él.
Y al parecer, voy bien. A ese profesor, Mati le dijo, con total inocencia y paciencia absoluta: “Yo soy un niño grande. Tal vez no sabes cómo son los bebés. Yo te busco una foto en el teléfono de mi mamá” y luego, “No existen las botas de niños o de niñas sino los niños y las niñas con botas. Mañana le digo a mi abuelita que traiga las botas para que aprendas”. Ojalá haya aprendido. Ojalá aprendan todos que nuestras diferencias no nos hacen ni más ni menos; sólo distintos.