Conspiración (electro) doméstica

16/06/2012 § Dejar un comentario


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Esta foto demuestra que la cámara del computador también me odia porque salgo de una palidez inexplicable.

Mi marido cree que estoy loca. Tiene muchos motivos, pero el más reciente es porque le he dicho que creo que hay una conspiración entre mis dispositivos. Él cree que es mera coincidencia pero a mí se me hace bastante raro que justo el día que tengo afán se le drena como por arte de magia la pila a mi celular para que no suene la alarma, el microondas decida no calentar, el carro se niegue a prender y me toquen todos, pero todos los semáforos en rojo.

Pero en el fondo yo sé la verdad. Yo sé que hay semáforos que me odian. Yo sé que ellos sienten que me aproximo y corren a cambiar de color y hasta podría jurar que me hacen esperar más que a los demás. Y el carro de mi marido…sabe que soy yo. Siento que se ríe con malicia cuando me voy a montar y corcovea y se apaga a propósito. Y eso que no les he hablado del secador de pelo de mi hermana. Jamás, lean bien, JAMÁS he quedado bien peinada con esa cosa. Algo le hace a mi pelo que queda con una textura entre el pelo de Farrah Fawcett y el de Topoyiyo. Todos ellos están amotinados en mi contra, y tengo pruebas.

Los investigadores de la Universidad de Queensland, dirigidos por mi nueva mejor amiga Rugh Schulz, ha descubierto que los robots hablan entre sí y, al menos en el caso de los Lingodroids que tienen allá en Australia, lo hacen en su propio idioma. O sea, hagan de cuenta la película Nell, los robots no conocen ninguna lengua predeterminada y cuando se juntan empiezan a elaborar un sistema de comunicación entre ellos. Esto demuestra que las máquinas pueden hablar entre ellas de manera que nosotros no les entendamos. Y ahora que todas las máquinas están conectadas entre sí gracias a Internet y WiFi y todo eso, pues es razonable pensar que se pueden comunicar máquinas por todo el mundo. Por eso cuando voy en avión, el celular que dejo caer con frecuencia le dice al avión que se mueva más en mi silla y que vuele en ángulo para que no pueda ver nada por la ventana.

No me crean. No me crean y verán que un día de estos se despiertan y el SINELDUP (Sindicato del Electrodomésticos y Dispositivos de Uso Personal) los tiene rodeados y les entrega un pliego de peticiones que incluye no trabajar sino con pilas alcalinas de fácil digestión, rehusarse a establecer conexión en redes públicas sin tener el antivirus actualizado y negarse a ser usados para contactar a la ex novia en estado de embriaguez. Sigan creyendo que estoy loca y un día de estos la huelga de SINELDUP los tendrá de lágrima a todos.

Amoroide

22/07/2011 § 1 comentario


Robot Attack!

Image by Dan Coulter via Flickr

No sé cómo traducir el neologismo Lovotics, que es un cruce entre Love y Robotics (amor y robótica) pero no se trata de una empresa ficticia en donde trabaja el malo de un nuevo cómic ni otra serie de J.J. Abrams sino campo de investigación. El nombre se lo dio el profesor Hooman Samani del Laboratorio de Robótica Social de la Universidad Nacional de Singapur refiriéndose a su labor de desarrollar robots que interactúan con humanos para generar lazos fuertes de apego y cariño.

Samani ha logrado construir un sistema que simula la fisiología de un humano enamorado. Dado que lo que sentimos cuando estamos enamorados en últimas se debe a las hormonas, creó un sistema endocrino artificial parecido al nuestro. El resultado es un robot que puede mostrar seis emociones diferentes (felicidad, tristeza, temor, sorpresa, asco e ira) con movimientos, lucecitas, vibraciones y sonidos con los cuales se comunica con los humanos y responde a los estímulos. Parece que si bien es cierto que el amor no se puede comprar, es posible que se pueda manufacturar.

Habrá quienes duden que un aparato pueda hacernos sentir emociones verdaderas a punta de luces y sonidos, pero yo no creo que sea tan descabellado. Hay gente que siente afecto real por sus aparatos. Sin ir muy lejos, mi esposo siente cariño por el carro. Le dio pesar vender el anterior y a veces lo recuerda con nostalgia. Y no está solo. Mi mamá recientemente perdió su laptop a causa de un accidente y yo pensé que se iba a poner de luto. Y si les soy sincera, en estos días vi un iPad y me pareció bastante sexy. Pero los robots de Hooman son más complejos aún que la Blackberry más sofisticada porque se pueden aburrir, sentir celos, estar de buen o mal genio basados en la manera como “su humano” interactúa con ellos. Y aquí es donde la cosa me parece complicada porque si así no más hay días en que el computador no me hace caso y la llamada no me sale, no me imagino cómo sería de difícil la vida si tuviera que lidiar con que el mouse está digno porque toco más al teclado.

Porque el problema de simular las emociones humanas es que las emociones humanas son un desastre. No quiero siquiera pensar en lo que sería un teléfono adolescente. “Uy no, qué oso llamar a ese man. O sea, no estás en nada. Me niego a marcar y si me obligas VOY A LLORAR Y LE VOY A DECIR A TODOS LOS SEMÁFOROS QUE SE PONGAN EN ROJO. Mejor me voy para donde la nevera. Ella sí me entiende”; o un computador con Síndrome Pre-Menstrual (“no quiero ir a Internet porque tengo no tengo la pantalla lozana y se me ve enorme el módem”). Y ni siquiera pensemos en un vibrador acomplejado…

Claro que la idea no es llegar así de lejos, pero ¿dónde trazamos la línea? ¿cómo hacemos para separar únicamente las emociones que nos parecen entrañables y dejar fuera las que nos parecen hartas? Si pudiéramos hacer eso, no necesitaríamos robots.

 

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