Weboneando hasta el fin del mundo

13/03/2012 § 2 comentarios


Internet

Internet (Photo credit: runran)

Hace algunos años, cuando apenas empezaba la fiebre de Internet, me emocionaba al recibir los mensajes que enviaban mis amigos. Los mensajes eran variados en intención y contenido e iban desde chistes hasta oraciones en cadena que venían en combo con maldición incluida. Confieso que las primeras ciento tantas veces que me llegó algo que finalizaba con la amenaza de “si no envías este correo a diez personas en menos de veinte segundos, tendrás mala suerte durante 50 años” y segura de que nadie invocaría la mala suerte ajena en vano, hice caso de la omnisciente advertencia y contaminé los correos de mis amigos y conocidos con mensajes de este estilo. Confieso, asimismo, que la primera treintena de veces que vi la foto del niño con elefantitis o la niña perdida que buscaba a su familia en El Salvador o la promoción que afirmaba que una compañía de celulares daría un equipo activado gratis a cambio de no sé cuántas firmas, me creí toda la carreta. Incluso reconozco que fui una de las numerosas víctimas de un mensaje que delataba la crueldad de algunos científicos japoneses que habían logrado criar gaticos en unos tarros de vidrio y que se alimentaban por un tubo. No se me ocurrió pensar que estuvieran mintiendo. Lloré y todo con lo de los gaticos y si hubiera tenido cómo, me hubiera ido hasta el Japón a cachetear a los infames torturadores. Y entonces descubrí que existe un grupo de individuos a quienes llamaré de aquí en adelante los webones.

Los webones son aquellos seres que usan la red para crear y transmitir chistes y cadenas de mensajes que contienen desde una lista inverosímil de todo lo malo que sucede si uno toma coca cola hasta descripciones detalladas de síntomas igualmente inventados de nuevos tipos de cáncer hasta en las uñas. Cada que me llega un correo de un webón, recuerdo las estadísticas del desempleo y pienso que ellos no han visto el periódico últimamente porque claramente, esta gente no está cuidando el puesto. Es evidente que los webones tienen demasiado tiempo libre en sus manos y lo están ocupando en tareas poco provechosas para la humanidad. Pero, ¿quiénes son, dónde están y de dónde sacan el material para estos mensajes tan elaborados y tan falsos? Ese es un gran misterio para mí, y uno que me gustaría resolver. No son los hackers ni los crackers los que me desvelan, sino los webones que no pretenden sino transmitir información falsa a ver quién se la cree.

A lo mejor estoy equivocada. Parte de mí quiere pensar que los webones no son individuos que se aburren en la oficina y empiezan a fantasear con redactar mensajes con datos y situaciones cada vez más improbables. Hay algo en mí que quiere creer que son estudiantes de sociología recogiendo datos sobre la manera como las sociedades transmiten la información. Lo dudo. Lo más grave es que hay gente que les cree, personas que están esperando ese celular y se juran vacunados contra la mala suerte. Estas pobres almas, que llamo webas, deberían vacunarse contra la ingenuidad y reordenar sus prioridades.

No crean que me moleste el fenómeno sólo porque como periodista siento que la gente no debería jugar con la información, como me imagino que los bomberos sienten que no se debe jugar con el fuego. Nada de eso. Es que temo que webas y webones no sean adolescentes desocupados sino que ocupen cargos importantes, médicos que deberían estar estudiando para la cirugía de mañana, funcionarios públicos que deberían estar pensando cómo resolver los problemas del país, abogados en cuyas manos está salvar o condenar un inocente. Temo que las guerras, la hambruna, los accidentes y las tragedias no se deban al destino, a la mala suerte ni al karma, sino a que hay gente que debería estar trabajando y en cambio está haciendo webonadas. Y temo, más que nada, que el fin del mundo llegue porque el que se sabe el código de los misiles ande weboniando por ahí, resolviendo el test del tarot tibetano.

* PUBLICADA EN SEPTIEMBRE DEL 2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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